Sabor amargo

En esta pobre narración confieso que ignoraba cuales son las causas reales que determinan al hombre a cometer suicido, pero siempre despertó en mí una curiosidad incomprensible para llegar a esa desconexión del acto más primitivo de los instintos: la supervivencia. Nunca tuve en claro la muerte por mano propia y la transfiguración que se tiene que padecer para semejante suceso.

 Ahora en la mitad de mi vida o sea a los treinta y nueve años, puedo y con todos mis cabales en su sitio, contar por conocimiento natural por los cuales se puede llegar a ese final solitario. Espero que el lector que llegue a leer esta confesión pueda comprender la razón porque tomé tan drástica determinación. 

*

En toda historia que se empieza se sabe el principio, pero lo que se ignora es el final del relato, hasta tomar conciencia cuando la conclusión se tiene frente a uno. Para que esta confidencia tenga un inicio, debo decir que me enamore de una mujer que transitaba por andariveles diferentes a los míos. 

Pertenezco a una familia, que por tres generaciones jamás se sufrió sobresaltos económicos. La de Inés, viven como pueden, con carencias afectivas, económicas, lo que eso acarrea el desapego y la falta de estímulo. Es lo opuesto a mi crianza. Pero como dice el dicho popular: el amor es ciego, y es tan ciego que cuando la vi entrar al café donde esa tarde estaba, quedé hechizado. No puedo precisar cómo y en qué momento estaba sentado delante de ella.  

La conversación fluía como si nos conociéramos de toda la vida. Diría sin error a equivocarme que fue un encantamiento mutuo, fue de esa manera porque al mes ya vivíamos juntos. Y no me importó enfrentarme a un mar tumultuoso por Inés. Desde entonces no nos separamos un solo día. 

    Conocía muy poco de su familia. Me contó que era huérfana y estaba al cuidado de una tía, gorda, inaguantable y que de ella dependía su sustento y albergue. A pesar del amor, una fuerza interior luchaba por borrar ese prejuicio social que había entre los dos. Sé que este razonamiento es censurable y para ser sincero no estoy preparado para defender esta posición y soy consciente que por este pensamiento se me juzgue. Pero cada gen de ella estaba opuesto a este tipo de enlace que nos unía.

 Pensaba si mis gustos, costumbres e incluso la sensatez que pueda quedarme estando enamorado, podían jugarme en contra, y me  hacía cavilar si esta relación tan disímil afectaría nuestra relación.  Pero estaba seguro que el amor iba a disipar este pensamiento. El amor es un sueño delicioso, ¿Por qué iba yo a desvelar mi propio despertar? todas las tardes cuando llegaba a casa, su recibimiento era un beso cálido y húmedo que me hacía olvidar el trajín del día.

  Pero ese encantamiento, así como vino, de repente cambio y todo se volvió enfermizo. Todo comenzó cuando una mañana temprano salió sin decirme nada. Esa primera vez me asombró, porque jamás lo había hecho. En ese momento pensé que tenía algo importante que hacer y se olvidó de decírmelo. Pero las salidas comenzaron con más frecuencia, ya casi no la veía por las tardes cuando llegaba de la oficina.      

 La veía intranquila, esquiva, y todo su comportamiento era proceloso. A todas mis preguntas siempre tenía un argumento para despejar mi curiosidad cuando se iba por las tardes. Esta situación se fue prolongando y aún más; empeoraba nuestra relación.

     Nunca conocí lo que son los celos, pero cada día que transcurría me resultaba dificultoso controlarlos. Una noche llego tarde, muy tarde. La espera y la preocupación hacía que mantuviera los ojos abiertos, y ya el sueño me vencía, cuando escucho la llave abrir la cerradura; entró, me dio un beso en la mejilla y se fue al dormitorio sin decirme una sola palabra. Ese beso fue como si tuviéramos un acuerdo tácito de hacer lo que cada uno quisiera. Mi primer impulso fue preguntarle, pero no lo hice, ya sabía la repuesta. Pero su actitud carcomía mi espíritu y la incertidumbre y la sospecha iban en aumento. Me preparé un café, y miraba el efluvio que emanaba de la taza como tratando que esa emanación volátil agorara lo que el destino me depararía de ahora en  adelante. La decidía que me invadía, no me permitía ver la forma de revertir esta situación. No tenía la menor duda que ese silencio era debido que entre los dos había alguien más. Eso me enardecía de una manera que deje de verla como algo especial y comenzaba a catalogarla en la categoría de las indeseables. 

    Mi cerebro ya no tenía en esos momentos más capacidad para lucubrar sospechas. Cansado, me fui a dormir. Al entrar tuve que hacer un esfuerzo para no abrazarla. Quedé con la percepción de no ser nadie para ella, hasta que la fatiga me invadió.  No volví a preguntarle nada más. Dejé que hiciera su vida. De esa manera podía controlarla sin que sospeche que la vigilo. La idea no me gustaba nada, pero no tenía otra manera de saber con quién se estaba viendo, y el porqué de su proceder.

    Comencé a seguirla y me sorprendió verla entrar a un barrio de casas humildes, lo que se podía llamar barrio de trabajadores. 

    Estaba estacionado a media cuadra de donde ella se encontraba parada. Esperaba ver quién le abría la puerta. La intriga iba haciendo estragos a la quietud si es que la tenía. La recibió un muchacho joven. Se miraron por segundos y entró. No podía dar crédito a lo que estaba viendo, mi entendimiento racional no era capaz de interpretar este desajuste emocional que sentía. El primer impulso fue bajar del auto e ir hasta la casa, pero no estaba seguro qué podía hacer al ingresar. Nunca fui violento y tampoco tuve motivos para serlo, y no quería empezar con alguien a quién amaba con locura. Apretaba el volante con todas mis fuerzas mientras me alejaba del lugar. No sé como llegue a casa, porque no recuerdo nada de ese viaje, mi pensamiento estaba ocupado en dos cosas: el odio y la venganza; no había espacio para nada más.

    La espera se hacía interminable, las horas eran elásticas, la desesperación anulaba a la paciencia. Pero lo que más me inquietaba era cómo reaccionaría cuando pase por la puerta de entrada y este frente a mí. La impaciencia no me dejaba hilvanar una sola idea de lo que diría al verla. Pensaba en lucubrar alguna represalia que le doliera mucho. ¿Pero qué se hace cuando se es engañado por la mujer que uno ama? El perdón, y el olvido, es el antídoto para sanar una trapacería abominable ¿pero sería capaz de perdonar y no odiar?

Caminaba por la sala como un desesperado, no sé decir la cantidad de whisky que tomé. Escuché la puerta, tiré el vaso y me puse en medio de la sala. No tenía la menor intención de que me diera el beso de las buenas noches como era su costumbre y continuara su camino sin decir una sola palabra.  Quería ver su cara y cuál sería su defensa cuando le detalles de lo que acaba de ver.

    Al entrar quedo paradita frente a mí sin decir palabra alguna. Su mirada era una expresión de súplica para que no le haga ninguna pregunta. En ese instante todo lo vi rojo alrededor mío, y no pude contener esa vehemencia que me invadía todo mí ser. Lo único que pude recordar es que apretaba con todas mis fuerzas su cuello. Cuando la furia se fue disipando, me encontré sentado y abrazándola sin entender porque la había matado sin darle la menor oportunidad de defensa. No sé el tiempo que estuve así con ella, no podía pensar en lo sucedido, no tenía repuestas a ninguna de mis preguntas. Solo sabía que había asesinado a lo qué más amaba en este mundo. Tenía claro que el engaño no lo iba a perdonar, pero ni en la peor de mis pesadillas podía imaginar tal fatal desenlace. Si me hubiese confesado que ya no me amaba, estaría con vida en este mismo instante; y yo muerto como lo está ella ahora, pero su silencio me enervó y perdí la sensatez.

    El teléfono me hizo sobresaltar, no esperaba ningún llamado.  Llamaba y llamaba tanto que atendí. Escuche una voz de hombre.

—Hola…Hola…Ramiro…

—Sí…

—Soy Carlos el hermano de Inés.

—¿El qué?

—Su hermano.

—No sabía que tenía un hermano. Nunca me contó que tuviera una familia, además de su tía.

—Soy para desgracia de ella su única familia. Te llamaba para agradecerte a vos como a mi hermana el favor que me hicieron.  

—¿Qué favor?

—Por lo que me decís, mi hermana no te contó nada. Hoy estuvo en casa hasta tarde y hablamos mucho. Para ser sincero, años sin comunicarnos. No sabía dónde encontrarla, pero el destino quiso que nos cruzáramos y me dejó su teléfono.- mientras hablaba, yo estaba sumergido en el más profundo abismo de desamparo. Sus palabras eran un repiqueteo en mi cabeza que iba razonando con atraso a todo lo que me estaba contando. Su relato era como el mazazo del dolor.- y empezamos a vernos con cierta asiduidad. 

—No entiendo lo que me dijo, eso del favor.

—Como te decía, me dejo su número de teléfono. La llamé porque tenía un problema urgente y grave de dinero. No tenía a quién recurrir.

—Y ¿qué tiene ella que ver con su deuda?

—Nada, en absoluto. Mira…Soy jugador compulsivo. No es la primera vez que tengo este tipo de inconveniente. Es una enfermedad que no puedo controlarla ni fuerzas para sobreponerme a ella. Por este vicio arruiné todo lo que me quedaba de familia. Ella se alejó de mí para no tener el mismo fin que tuvo nuestra madre. Le pedí dinero para pagar esa deuda. Nos vimos por un tiempo, y hoy lo consiguió. Cuando lo trajo la condición era de que nunca más la vuelva a llamar. Esta es mi última comunicación con ustedes. Pero mi agradecimiento es porque me salvó la vida. Pero supongo que el dinero se lo diste vos, por eso me atrevo a llamarte y agradecértelo. Por favor dame con Inés.

Con la última silaba de Carlos corte.

JOSÉ MARÍA ROSENDO copia

José María Rosendo

Nacido en Mar de Plata,  provincia de Buenos Aires. Estudios Terciarios. Licenciado en Comercio Internacional Fundador de la firma : ICA SRL. 

Estudió  literatura con  Alejandra Boero, directora y actriz  fundadora del Nuevo Teatro, en el que también perteneció como parte del elenco de actores durante cuatro años.  Durante tres años participó en el  taller literario de Silvia Plager, y 2 años en el taller literario de María Inés Moreno. 

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