Nosotros

Nosotros

Escucho la noticia, te felicito, luego un abrazo, un beso, una sonrisa, muchos gritos y aplausos. Me aíslo hasta un rincón del apartamento. Finjo estar sedienta y me acerco a la cocina en busca de algo líquido que me ayude a pasar el nudo que se formó en mi garganta. Alguien dice mi nombre, las cabezas de todas se mueven buscándome, yo reacciono a los gritos de las demás invitadas que aplauden y me apresuran a que me acerque contigo. Tu hermana toma una foto donde aparecemos las tres. ¡Otra! dice mientras mira su celular. Al parecer en la foto no dejo ver la enorme felicidad que estoy aparentando. La fiesta transcurre normal, nos ponemos ligeramente borrachas. Las conversaciones giran en torno al futuro no muy distante, a lugares y personas que aún no están o no conozco. 

Acaba la fiesta, tu hermana despide a todas las invitadas. Por un momento había olvidado mi necesidad primaria, te busco: voy a la cocina, al baño, al living; voy a tu dormitorio, trato de entrar pero me encuentro con una puerta con llave. Toco varias veces, tú abres y me dices que pase. Hablas por teléfono con Arturo, le estás contando de la pequeña fiesta, le dices que ya acabó y que lo esperas; mientras tanto yo veo cómo tu semblante ha cambiado. Me miras a los ojos y cuelgas. 

¿Por qué no me habías contado? Porque sabía que te pondrías mal. Te envidio, quisiera que lo mío con Daniel fuera por el buen camino. ¿De qué hablas? él te quiere mucho y lo sabes. Lo sé, el problema soy yo, creo que será mejor terminar. ¡No! al menos espera a que pase mi boda, no quiero estar preocupada por ti, necesito enfocarme en toda la organización. 

Vuelve a sonar tu teléfono, esta vez es algo del trabajo. Aprovecho y pienso en nosotros tres, en los años de preparatoria y universidad, en aquellos días en los que creíamos que Arturo era gay pues se llevaba muy bien con las dos. Recuerdo la primera vez que besé a Arturo y una pequeña risa se escapa de mí. Volteas a verme pensando que te llamé, niego con la cabeza y continúas con la llamada. 

Nunca fue feo, era inteligente y gracioso, pero por alguna razón, él nunca se llevó bien con los otros hombres de la preparatoria, por eso pensábamos que era gay, tal vez sí lo era, quizá nosotras lo volvimos heterosexual. Yo recuerdo sus manos inexpertas recorriendo mis delgadas piernas, recuerdo unos besos mal logrados, y un semblante ruborizado por la juventud. Creo que cuando Arturo puso sus manos sobre ti, ya era todo un experto, pues han seguido juntos hasta ahora y ya pronto se casarán. 

Tienes razón, ya estoy mal, no puedo creer que se casen, ese nosotros de la preparatoria se ha desvanecido, esa palabra no me incluye a mí, ese nosotros es de ustedes dos.

¡Te hablo! Perdón ¿qué decías? Que no sé a dónde ir en la luna de miel. París, yo siempre he querido visitar esa ciudad. Sería bueno ¿segura que estás bien? Sí, claro.

Salgo de tu apartamento, voy bajando las escaleras, mis ojos comienzan a llenarse de lágrimas; al llegar abajo, me encuentro con tu hermana que interrumpe mis recuerdos. No tengo nada, le digo, es que se van a casar, estoy feliz. Ya en mi casa llamo a Daniel y le cuento la noticia. Él comienza a hablar en un tono asustado, creo que piensa que se lo digo como una llamada de atención para que ya considere hacer lo mismo conmigo, le diría que no. No lo amo, es decir lo quiero, pero ese es precisamente el problema, existe una discordancia en nuestro sentir.

Los envidio, tú y Arturo, Arturo y tú, siempre creí que me casaría yo primero, que conocería a alguien estupendo que me hiciera sentir lo mismo que tú sientes, algo como aquello en la preparatoria. Personas llegaron y se fueron, pero nada como aquello. 

Nos recuerdo en la universidad, sentados en alguna mesa de la cafetería, compartiendo; dándonos de comer en la boca, disfrutando de la atención que provocábamos con nuestros gritos y risas. Arturo aprovechaba para alardear, nos abrazaba y estrujaba, los demás hombres lo miraban con cierto asombro, no sabían cómo dos mujeres tan hermosas pudieran estar con un tonto como él. 

Ellos no conocían para nada a Arturo, me hubiera gustado que supieran el buen besador en que se había convertido. En ese entonces sus manos eran ya unas expertas, sus caricias motivaban a más y sus palabras eran algo por qué sonreír. 

Nos debe mucho, en especial a mí, yo lo miré como un divertido proyecto. En la preparatoria me cuestionaste el porqué quería hablarle, recuerdo haberte dicho los motivos al oído, tú sonreíste, poco después le enseñamos a besar. Él se quedó pasmado cuando nos vio a nosotras besándonos, recuerdo haber muerto de la risa cuando apareció aquella mancha en su pantalón, ese día todo se volvió más divertido. Fue cuando se volvió nosotros, los tres.

Nosotros tres, luego dos, ahora uno, fuimos dos de dos maneras. Arturo, tú y yo. Hoy estoy sola, acompañada, soy yo, sólo yo. 

Fue mi época favorita, cuando descubrí que contigo no había errores, cuando descubrí que tus manos ya estaban amaestradas, que compartían y enseñaban, que me decían que preferían ser sólo dos. Luego volvimos a ser tres, luego ustedes fueron dos, algunas ocasiones volvimos a ser dos, después tú no quisiste volver a ser dos y ni siquiera tres.

El tiempo corre y tú necesitas mi opinión sobre algunas cosas de la boda, me citas en una cafetería cercana. Llego antes que tú, medito todo, quizá aún no sea demasiado tarde. Conversamos y al terminar tus asuntos, te recuerdo lo nuestro, me dices que eso pasó, que no puedes más, que estás harta de engañar al pobre de Arturo. Dices que lo del pasado fue definitivo, que recuerde todo como un juego de niños: yo asiento con la cabeza, lloro. 

Fue y terminó, lo siento. No importa ya. Supongo que a mí se me pasó, te quiero pero es hora de ver hacia el futuro. 

Te digo que no importa, mejor sería pensar como tú dices: en el futuro.

Al fin llega el día más feliz de tu vida. La tranquilidad del lugar me está matando, siento que explotare, que gritaré lo de nosotros. Voy a la parte trasera de la capilla,Arturo llega de sorpresa y me abraza por detrás, dice que me extraña, que esto de la boda lo tiene harto pues no ha podido estar conmigo. Le digo que ahí podrían vernos, me da un largo beso que interrumpe para preguntarme si hace lo correcto. No le contesto, yo no tengo la respuesta. Dice que desearía volver a los tiempos de la universidad, sonrío y le pido que tome su lugar, yo tomo el mío. 

Te veo entrar vestida de novia, tu mirada me da valor. Arturo está más que nervioso, yo le digo algunas palabras, le recuerdo que pronto estará en París, disfrutando de ti. 

Comienza la ceremonia, sentimientos y recuerdos me invaden, lloro. Me doy cuenta que ustedes también, no sólo tú. Arturo llora, voltea a verme y seca sus lágrimas. Tú lo miras, él te mira, yo lo miro a él, tú me miras a mí y él a ti. Me acerco a él y lo beso.

 La multitud lanza una obvia expresión de asombro. Sigo besándolo, despego ligeramente mi cara de la suya y de reojo te veo acercarte, nos separas. Tú me besas a mí, con fuerza, casi con odio. 

Las personas comienzan a gritar. Arturo te separa de mí y te besa. La multitud está enardecida. Algunos se van, otros se quedan a gritarnos insultos. Yo busco la mancha en el negro pantalón de Arturo pero no veo nada, él nos abraza a las dos y aunque sea por un momento, volvemos a ser nosotros: los tres.

Eduardo Rocha

Antologado en la obra Cuerpos Rotos de la editorial Bitácora de Vuelos. Colabora con los colectivos literarios «Cuántos Cuentos», de CDMX; y «El Cuentorio», de Colombia.  Fue integrante del Taller de cuento para jóvenes “Knock Out” impartido en la Sala de Lectura del CECUT. 

El taller Knock Out, creadores de mundo, es un taller impartido por Efraín Rosas García. Su primer grupo se impartió en el Centro Cultural  Tijuana.

2018 / Tijuana, Baja California, México.

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