No es tra(d)ición – Tony Riveros

Repudiable. Ya va casi medio siglo desde que un vuelo, que recién comenzaba, fue molido a palos por los mismos de siempre, los que hacen del orden su más profundo principio y del garrote su mejor compañero. Un vuelo que iniciaba trastabillando, como todos los vuelos, de seguro, nadie nació aprendiendo a hacer las cosas bien a la primera, pero era un intento, un intento honesto. Un orden visto como sagrado, donde prima el conservadurismo moral, donde al que se sale del rebaño, hay que traerlo de vuelta, como sea, y si no responde al llamado, habrán otros métodos, muchachito.  Sumisión a las normas sociales, censura a las palabras libres, convenciones sociales ensalzadas y elevadas de categoría a conveniencia, todo calculado fríamente. Un garrote santificado, curador de todas las enfermedades que acarrean los que piensan una nueva manera de hacer las cosas, un mazo extinguidor de las incipientes llamas, antes que las agarre el viento y propaguen esas ideas sin retorno. Antes que ardan, cómo lo hacen los espíritus que portan buenas nuevas, los que desafían ese mandamiento sagrado de dejar las cosas como están, los que irrespetan el status quo, los que remecen el estancamiento de las cosas. El agua que se estanca se pudre, y yo, de ninguna manera dejaría que eso me pasara.

Mi nombre es Alejandro Meyer Zuazagoitía, y esta mañana estoy parado en la fila del Liceo Industrial de la ciudad de Valdivia para votar por primera vez. No es que con mi voto se jueguen los destinos de la república, ni mucho menos, es solo una elección de alcalde, pero siento que debo ser claro, no es solo marcar una línea en un papel, es trazar un camino en el que uno decide a que principios suscribirse. Antes de salir de casa, mi Opa, así le decimos a mi abuelo, me preguntó si ya tenía decidido mi voto.  Algo, le contesté dudoso. ¿Cómo que algo?, cuestionó mi argumento, o es un candidato u otro, no hay medias tintas, a no ser que desperdicies tu derecho a opinar y rayes un garabato en el voto o lo dejes blanco.  Ahí me percaté de mi error, responderle a un viejo alemán algo que no era ni fu ni fa, el abuelo habría sido capaz de aceptar cualquier posición, menos una ambigua. También me di cuenta que sentía temor, el viejo había ejercido una autoridad áspera, e intentábamos inconscientemente de no llevarle la contra, por lo que mi respuesta se debía más a un mecanismo de defensa que a que yo no tuviera las cosas claras, hace rato que había resuelto a que coalición apoyar, pero había esquivado tocar el tema dentro de la familia, porque sabía perfectamente lo que provocaría. Me enfrentaría a la tradición de los laboriosos inmigrantes alemanes y de los tenaces vascos, y no solo a eso, sino a que la los ahora terratenientes, industriales, militares y eclesiásticos que había entre primos, tíos y alguno que otro pariente. ¿Nada fácil ser oveja negra, eh?

Debo ser preciso, eso sí, y aclarar que ya venía masticando la respuesta para cuando llegara este momento, no podía engañarme a mí mismo y fingir que nada pasaría, si hay algo que había aprendido en la familia, era a no esquivar las balas, así que primero ensayé mi argumento con algunos de mis primos. Por nuestra cercanía en edad, mi prima, la profesora, fue la primera persona con que me sentí libre de hablar con claridad, y descubrí que aunque mostraba cierta simpatía por los principios de igualdad y justicia que yo defendía, seguía mostrando resistencia. Esto puede terminar mal otra vez, me advertía, recordando el experimento fallido de los años setenta. Otra vez el miedo, pero esta vez uno subterráneo, que ya había echado raíces y solo podía ser desenterrado a punta de pala y picota. No muy diferente fue la opinión de mi primo, el ingeniero. Piensa en los negocios de la familia, se podrían desmoronar, me aseguró convencido. Eso no va a pasar, le refuté, si en algo había que hacerle caso a la historia, era en entender que las transformaciones se debían hacer gradualmente y siempre sobre un piso mínimo de consenso. Pero no estaba en mi plan convencerlo, a él ni a nadie, solo quería ensayar los argumentos para encarar al ala dura de la familia, en especial al Opa. Yo, el egresado del Colegio Alemán de Valdivia y estudiante de Derecho de la Universidad Austral. Yo, el muchacho de familia acomodada, de veraneos en el fundo del Lago Ranco y vacaciones en Europa. Lo natural y previsible era que antepusiera los intereses de mi condición privilegiada ante cualquier tipo de pensamiento crítico o idea justiciera, pero lo mío era otra cosa, no lograba comprender que tanto estuviera en manos de tan pocos, y que esos pocos dominaran los aspectos primordiales de la vida y que monopolizaran una única manera posible de progresar, a costa de admitir la miseria y el atropello a la naturaleza como condición necesaria para la prosperidad, crecer por crecer, la ideología de la célula cancerígena. El férreo Opa, el tío Walter y la tía Elcira de seguro me tildarían de subversivo, palabra que acuñaban para todo aquel que se atreviera a desafiar las estructuras con ideas que se oponían a las imperantes, y mi madre lo catalogaría de algo pasajero, una corriente que de seguro estaba de moda en la Facultad con esto de las tomas y los paros, pero que ya cuando tuviera que ganarme la vida con mi trabajo, se me iba a pasar. 

La fila avanzaba lentamente, la milicia que custodiaba los locales de votación ya no portaban las intimidantes armas de fuego de otrora, la sensatez había venido retornando a la vida cívica los últimos años. Entendía muy bien también, que una marca de lápiz sobre un papel no bastaba por sí sola, pero era un comienzo, no podía transitar por ese camino insano solo por responder a una tradición, por el temor a desmarcarme de posiciones que de seguro me resultarían más cómodas y provechosas. Llegó mi turno, el presidente de la mesa de votaciones me pidió el carnet de identificación, hojeó el mamotreto y recorrió con el dedo la página donde estaba mi nombre. Luego, otro vocal de mesa me pasó el voto, una estampilla y un lápiz; con el kit de democracia en mis manos descorrí una gruesa y verde cortina, y me interné en la cabina, donde el Estado me otorgaba el derecho de decidir en secreto, sin tener que rendirle cuentas a nadie. Ahí estaba frente al voto inmaculado, esperando a que una marca de grafito en su superficie lo inclinara para una posición u otra, una marca entre millones de otras que se estamparían sobre el blanco papel a lo largo y ancho del país. Ahí estaba solitario frente a la papeleta, entendiendo que esto no se acabaría allí, tendría que estar dispuesto a defender mi posición ante todos, incluyendo a la familia, la conservadora familia Meyer Zuazagoitía, con sus ramas y variantes de Aristizabal, Gronemeyer, Atkinson y Larraín que pululaban entre los parientes, todos defensores de lo establecido, lo moderado, lo conocido. Primero Dios y la patria, les habían inculcado en las escuelas, los valores de la familia eran su leitmotiv y el respeto por las tradiciones su dogma, pero era hora de que un viento fresco se colara entre las rendijas de este enclave hegemónico, porque era necesario mostrarles que existían otras ideas, otros conceptos de Dios, para el mismo Dios, y otros alcances de la palabra patria, para la misma patria.  

Tomé el lápiz firmemente, no recuerdo tanto nerviosismo, ni siquiera en un certamen solemne de Derecho Penal, y lo dirigí con precisión unos centímetros arriba de la línea horizontal que se desplegaba al costado del candidato. Leí su nombre y recordé su cara, el rostro de un total desconocido, alguien que nunca había visto en persona, solo en afiches de propaganda y en el noticiario, pero mi apoyo no iba a él como ser humano, mi apoyo iba a las ideas que representaba, que eran las que yo creía, un proyecto colectivo, una vuelta de tuerca a la manera de hacer las cosas. El semblante difuso del candidato fue reemplazado en mi mente por uno más marcado y claro, un hombre de carne y hueso, al que quería y respetaba como uno de los hombres más sabios que había conocido, el mismo que antes de salir de casa me había preguntado mi opinión. Tienes razón Opa, solo se puede escoger entre uno u otro candidato, le respondí esa mañana. ¿Entonces tienes claro a quien apoyarás?, insistió. Sí Opa, lo tengo claro. Espero que seas consecuente, sentenció. Y eso fue todo lo que hablamos. No hubo indagación, no hubo interrogatorio, no hubo reproches. Desde su silla reclinable me lanzó una mirada reflexiva, que me daba a entender que ya comprendía mi posición, que no era necesario que le dijera de qué lado estaba, él ya lo sabía, y quizás todos en la familia lo sabían o intuían. Sentí el alivio de no tener el peso de ser el relevo de una posta contraria a mis convicciones, sabía que el abuelo nunca iba a estar de acuerdo con mis posturas y que yo sería minoría en las largas sobremesas cuando salieran temas políticos a la palestra, habrían roces, aflorarían pasiones, se encendería el debate, pero eso era justamente lo que faltaba por estos lados, todos siempre de acuerdo, todos mirando con los mismos ojos. De aquí en adelante habría un contrapunto, una mirada fresca que renovaría las aguas, quizás un referente para los más chicos, que aún corrían por el patio con pelotas y muñecas, pero que crecerían atentos a las conversaciones de los grandes.

Marqué mi voto, lo doblé prolijamente y salí de la cabina en dirección a la urna, donde lo deposité con la esperanza intacta, sabiendo que el miedo a caerse siempre se termina perdiendo ante la convicción del propósito, y de cuando en cuando nos animamos a echarnos a volar otra vez.

Tony Riveros nació en Valparaíso, Chile en 1980. Su más reciente obra, el libro de cuentos “Alcohol en la sangre”.

Puedes contactarlo por Facebook: @tonyriverosoficial

1 Comment

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    Teresa del Pozo 24 septiembre, 2018 (5:54 pm)

    Qué manera de “crear” ambientes y sensaciones! Excelente! Gracias!