Motas

 

 

ESCUELA 1

Yo era un matorral de color castaño claro, tirando en momentos hacia el rubio y en otros a un color entre la miel y la avellana y en ocasiones tornándose rojizo. Me gustaba ir a la escuela, en un principio iba aprendiendo cómo ser vista por los demás y en ese ritual participaba mi madre. La túnica blanca y prolija, las líneas intachables de sus lazos la rectitud de la moña, todo bajo el rectilíneo paso de la plancha. Ah!, y ahora los pelos. La tortura del ritual: “el inquisidor peine”; lo veía y sufría. Estiraba montones de largas motas, donde se estancaba, pero igualmente insistía en su labor. Ese peine que arrancaba mi casco, mi cerebro y mi dolor. La humedad en las motas era imprescindible para aflojar la tensión de los nudos de las hebras finas, que estaban asentadas y dormidas como en la noche anterior.

Lenta y tortuosamente

las motas cedían,

cedían a la tradición.

Se estiraban y aflojaban

al igual que el rostro de mi madre

de tanta contorsión.

Todas estiraditas como fila de niños de escuela, estaban prontas para continuar otra

andanza con poca tregua. Le tocaba el turno al peinado. Porque las motas más estilizadas tenían que ir sin dejar nada suelto, ni siquiera un ánimo por salir. A esta altura del partido, el peine ya no era tan enemigo, a su paso, los pelos, solo un poco agradecidos. Mi madre me hacía los moñitos que me dejaban china, ojos rasgados, cara lavada de la patria, inmaculada, pura, sin atisbos aparentemente de influencias extrañas.

La túnica también inmaculada, estaba lista para salir. Me presento ante el mundo; en recorrido hacia la escuela y salía a buscar a mis amigos. Su túnica y mi túnica fraguaban un complot fuera del ritual, pero eso no pertenece a este recuerdo que apareció sin previo aviso y que se fue colando en este texto, como mis motas acariciadas por el viento.

La escuela, mi túnica, mi rostro, mis motas,

era todo parte de un aparato fascista

cívico militar,

para crear niños creyentes

de una sola realidad.

Pero por suerte esto no acontecía, era dolorosa apariencia, porque si mis motas se desprendían de ese régimen, otros más lo intentarían. Si el gobierno dictatorial no reparó en mis motas, ni en los pelos de los demás, una esperanza alumbraba en la oscuridad de los niños que no querían ser creyentes del ritual, que se desprendía de la escuela y queríamos jugar.

A fin de cuentas nos defendía la cuestión oriental, pero no la del Uruguay. El gobierno fascista; fascista por no reparar en ello, fascista porque todo no lo pudo atajar, inicios

lentos, darnos una nueva nacionalidad. Y eso es una ironía muy divertida: suponernos a todos por igual.

 

APRENDIENDO MÍ PELO.

Las mujeres de mi familia afro siempre estaban preocupadas

por los pelos. Se tenían que ver prolijos, a la moda,

a veces, con atisbos de negritud, pero no del todo.

 

MOTA ABUELA

Las estancias en la casa de mi abuela paterna eran toda una aventura y un ritual que se desvirtuaba del sistema.

Pero yendo a mis motas, mi abuela siempre me decía cada vez que me iba a peinar:

– ¡Yo no sé cómo hace tu madre para peinarlas!

Llevaba a veces el pelo trenzado y lo que ella hacía era mojarme un poco y alisar las motas rebeldes exclamando: -¡Ay! (Como si a ella le doliera). Entonces en el retoque final me llenaba la cabeza de muchos ondulines negros para crear el efecto liso; pero mi cabeza era otra cosa, mariposas que se refugiaban dándole un toque divertido. Motas al estilo de mi abuela (porque mi abuela no tenía motas). Apenas estiraditas con pelo trenzado y muchos ondulines negros que resaltaban a contrapelo.

 


 LA CUCARACHA

“[La cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar, porque no tiene, porque le faltan las patitas de atrás…]”

La cucaracha ya no es un bicho y es de plástico: tiene dientes y una banda elástica: -¡Ahí está!- en el escaparate de artículos de moda, pronta para saltar.

Salta a mi cabeza con la ayuda de mamá, porque tengo que ir a la escuela y mis motas no se pueden escapar.

Después de los tirones de pelo, que con eso no me voy a explayar, comienza a tomar vida la cucaracha que tiene mamá. La saca del cartón, estira la banda elástica y escucho entonar su canción, sin mirar. [“La cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar…”]

Con una mano agarra mi moño, con la otra la despierta en mi cabeza y con un último suspiro de cierre de tanto darle vueltas, me acompaña hasta la escuela.

 

ESCUELA SUBURBANA

Corriendo entre la arboleda suburbana, le dije al niño de la escuela “Rubio Manteca”, como poetizando su cabellera. Él, duele en sus palabras; “Negra chocolate o café”. Palabras revestidas con la fuerza del desprecio, con aires superiores; apretando la llaga que se colaba en mi ignorancia e ingenuidad. Odio incrustado en su voz, bajo el manto de sus buenos modales y su mirada recriminatoria, rasgando mi túnica e instalándose en mi cuerpo. Inerte, helada, me congelé en el tiempo. En ese mundo de juegos en el recreo, nunca esperó mi respuesta, y se fue…

Por: Ana Laura Pedraja

 (Canelones, Uruguay)

Escritora

6 Comments

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    Leticia 26 septiembre, 2017 (7:46 am)

    Exquisito Ana Laura, felicitaciones!

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    Anita 27 septiembre, 2017 (8:23 am)

    Gracias, por los recuerdos de muchas infancias

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    ana laura pedraja 21 octubre, 2017 (7:00 am)

    Muchas Gracias

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    Simone 26 abril, 2018 (6:22 pm)

    Que bom ler suas “escrevivências” representantes da escrita negra uruguaia!

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    Paula 29 abril, 2018 (5:04 am)

    Que lindo Ana… Me imagino esa escena. … Nelly peinando y cantando que dolor en la cabeza. .. A mi por tenerlo tan lacio y fino se me vivía enredando… Arañitas decía mi madre que dolor… Pero el fin el.mismo todos con los pelos bien peinaditos…