Llegando a los setenta

Llegando a los setenta

                                                                

                                                          Sólo hay un principio motriz: El Deseo.

                                                          Cuando acredites que aún está faltando algo,

                                                          aún teniéndolo todo, guarda tus pensamientos 

                                                          para tus deseos más íntimos y busca la divinidad

                                                          que hay en ti.”  ARISTÓTELES.

              

                                                                                

Sentado frente a la biblioteca, trato de revisar el camino recorrido a lo largo de mi vida. Un camino repleto de deseos de autosuperación, que se encaminaron a aprender y comprender el vocabulario de la vida. Con el tiempo fui descubriendo que los deseos dependen de los actos de cada uno y forman una cadena cuyos eslabones son las esperanzas; porque no desear nada, es no vivir.

Un gran maestro de la vida, me había enseñado que para aprender, primero debía saber escuchar, sólo así aprobaría el examen.

El gran maestro, en mis épocas de estudiante compraba los libros para que yo pudiera seguir adelante; él sabía muy bien que yo no podía comprarlos, siempre poniendo una nueva excusa, tanto para que yo no me sintiera mal. Era frecuente escucharle decir que leer era una obligación, era iluminar el presente y el futuro para no volver  cometer errores anteriores e informarnos. Otras veces, manifestaba que el cultivarnos permanentemente nos formaba en la crítica y opinión, nos evitaba ser los engañados de 

nuestra época y sumergirnos en el oscurantismo. Sin la lectura seríamos ignorantes, huérfanos intelectualmente. 

Lo más deseado de un joven veinteañero eran aquellas charlas de café hasta la madrugada; eran clases magistrales, de un  verdadero sabio, para el que la educación cultivaba al hombre y lo hacía lector de la vida. La riqueza de la palabra, era el instrumento de comunicación con otros y el medio de explicarnos la vida a nosotros mismos. Leer era como la conversación de gentes de otras épocas, con esa simplicidad que llevan a convertirte en un hombre que está alcanzando la sabiduría. Nunca olvidaré, la última vez que nos vimos, porque éramos de esos amigos que se quedan cuando todos se alejan, aunque no habláramos desde hace tiempo, sabíamos de la existencia del otro. En su conversación, me dijo que era el hermano menor que nunca tuvo y que era su orgullo por el camino que había recorrido y haber  tomado un poco la posta en sus enseñanzas. Nos abrazamos un  largo rato y lloramos como dos niños. Los dos sabíamos que era el adiós, él estaba muy enfermo; en ese adiós, parte de su corazón quedó en mí, había agotado sus deseos en vida, o sea el destino de toda existencia.

He llegado a comprender, luego de revisar todos mis recuerdos, que un hombre sin recuerdos es un hombre perdido. Estoy sintiendo nostalgias, de muchos de ellos y me vienen deseos de volar y reencontrarme con algunos de ellos. Algunos, me enseñaron que el deseo de aprender es una maravillosa aventura de vivir la vida, es poner en acción lo que uno quiere y que nunca terminamos de aprender, porque para eso se necesita toda una vida.

Estoy llegando a los setenta y vivo al ritmo que marcan mis deseos, elijo la felicidad por adelantado, es una decisión que tomo cada mañana cuando me levanto, además de dar gracias al cielo por aquellas partes de mi cuerpo que todavía funcionan bien. Cada día es un regalo, me enfocaré en los momentos del nuevo día y todos los recuerdos felices que han constituido mi vida.

Pude darme cuenta, que cuando estuve muy enfermo, me salvaron los deseos de vivir; la enfermedad había aparecido como un fantasma y quedó alojada en mi cuerpo como un terrible monstruo, que me hizo sentir mi vulnerabilidad. Los deseos de vivir, estaban fogoneados  por sentir siempre a mi lado el perfume de mi esposa, aún teniendo los ojos cerrados; por mi nieta Sofía, ese angelito que Dios me envió, para acompañarme todos los días durante ese sueño que parecía eterno y de mis hijos, esas joyas que Dios me ha regalado. Sabía que el deseo de ser curado, sería parte de mi curación.

Héctor  José Sanjuas

Héctor José Sanjuas. Escritor argentino. Contador Público Nacional. Incursiona en los géneros narrativa, poesía y ensayo. En el año 2008, tras el impulso que le dan sus amigos, con quienes compartía sus obras, comienza a participar en concursos literarios Nacionales e Internacionales, llegando a ser finalista, obteniendo por el valor de sus obras diversas Menciones y Diplomas de honor. En el año 2011 Creadores Argentinos lo galardonó con el Premio Nacional Escritor, por su participación en el libro de narrativa “Los rostros del Tiempo”, lo que dio origen a la edición de su primer libro de cuentos titulado: “El tercer duende”.

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