La parálisis en medio de la realidad

Abrí los ojos, vi algunas gotas de sangre que caían sobre el suelo, sobre mis compañeros y sobre mi rostro.

Lo que estaba viendo me mantenía quieto, de cierta forma podría decir que estaba paralizado, no sabía qué hacer, no podía correr, no podía caminar, correr, hablar o gritar, solo podía estar ahí, de pie… observando, sin poder llevar mi mirada hacia otro lado. 

No tenía la habilidad —o la opción— de «huir». Pensé, antes de comenzar a sentir que mi final se acercaba, en sólo una cosa, una palabra, «amor».

Recordé lo que amaba, y de alguna manera el circuito de mi cerebro se reparó un poco. Podía escuchar la lluvia en mi mente, su sonido al caer en el techo y en el suelo; la lluvia era algo que me gustaba y que puedo decir que amaba, pues me recordaba cuando mi gato, al sentir miedo de la lluvia, se acercaba conmigo buscando mi abrazo para sentirse seguro.

Ojalá pudiera sentir esa seguridad que tenía mi querido gato a mi lado en este momento. «¿Cómo es que el mundo puede llegar a terminar de esta manera?», me pregunté, alguien se lo preguntó, y así varias personas siguieron preguntándose o al menos las que todavía quedan, así como las que se preguntaron lo mismo y no se sabe qué fue de ellas.

La lluvia y estar con mi querido gato eran algunas de las cosas que me gustaban antes de que el mundo terminara. Ahora no hay esperanza, ni siquiera deseos de sobrevivir, lo único que me mantiene vivo son los recuerdos, porque sé que los de ahora, los de este momento, no serán igual de conmovedores o lindos como los de antes; mis futuros recuerdos no serán como los que tengo de cuando era pequeño y no debía enfrentarme a riesgos como los que vivo ahora. 

El viento frío acaricia mi rostro mientras la oscuridad comienza a recorrer mi cuerpo y me atrapa, sin que algún rayo de luz de algún foco pueda salvarme de mi destino, del cual, no poseo el lujo de decir que es incierto.

Por Luz Rodríguez

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