El viaje del loto

El viaje de loto

Alan Ramón Méndez

Llegamos tras la tormenta de nueve días hasta una isla verde y plácida,

donde nos servimos comida y bebida hasta el hartazgo,

Odiseo, nuestro gran Odiseo nos envió como heraldos a conocer a los nativos,

hombres delgados, con sonrisa calcada.

 

Nos llevaron hasta un gran banquete.

Vestían poco y no consumían más que trigo la flor de su cosecha:

el loto.

 

Comimos de ella y bebimos vino antes de recostarnos.

En poco tiempo llegó Odiseo,

Y vinieron después Hermes, Hercules y Apolo

congregándose en el pasto blando de la isla.

Nos tomaron Helio, dueño del sol, y Crono, amo de todo,

Sobre sus hombros rosamos las más gloriosas estrellas.

 

Vimos navíos enormes,

de quinientos remos que batían la nebulosa

llena de lunas en expansión,

y su brillo no lastimaba,

si acaso animaba al alma, al hambre de loto,

cuyo sabor era el de un sorbo de aire dulce.

 

Todo mientras yacíamos en la costa de la gran Creta,

pero no reposábamos

pues son había cansancio que descansar.

El cuerpo flotaba entre el viento

bajo el cielo que dejó de ser techo azul

para ser un mar naranja

y en cascada caía la brisa perfecta con olor a aceituna.

 

Se acercan más hombres, una multitud de hombres

ahí cientos de bocas, narices,

miles de ojos y orejas perfumadas

pero no hay rostros

no logró ver ningún rostro más allá

de las bellas miradas.

 

Descendimos entonces con Hades

que tenía un rostro gentil

y con la garganta tranquila nos dijo que no había mal,

que nunca ha existido el mal.

 

De repente, sentimos una mano que nos tomó,

como una mordida que nos arrebata de la mano de Zeus

y nos lleva lejos, hasta un lugar jamás visitado.

Pero no queríamos irnos,

No queríamos dejar nuestra divina compañía,

no queríamos pensar,

ni respirar, ni comer, ni avivar,

nada que no fuera el loto.

 

Despertamos con pena

atados y el cuerpo pesado,

dentro de la nave de Odiseo.

 

Salimos a proa a conseguir el cielo

hogar del sol poderoso

que con un solo golpe fatal a los ojos secos

lanzó su brillo que casi derrite el cráneo,

y en él lleva los lamentos de mi esposa,

los sonidos de los campos,

el silencio de la muerte,

las miradas y risas de mis hijos aún no engendrados

en la ribera única de Ítaca.

Ítaca, si, Ítaca,

Es Ítaca la tierra que nos llama,

A la que nuestras manos pertenecen.

 

Nos presentaron los lotófagos una felicidad eterna,

una felicidad de nada, cobarde.

Pero nuestra felicidad está en más allá de la mar,

aunque sea una bestia,

aunque se esconda en la oscuridad,

siempre se verá tras ella la casa.

Llegaremos, al fin, bajo el mando de Odiseo

a nuestra gran casa.

Alan Ramón Méndez

Mexicali, Baja California (1998)

Cursó la preparatoria en el COBACH Plantel Baja California, mismo donde fue premiado en concursos internos de poesía, cuento y declamación. Actualmente estudia en la Facultad de Pedagogía e Innovación Educativa de la Universidad Autónoma de Baja California. Fue seleccionado para la Antología Mexicalense del Nuevo Milenio. Ha participado en múltiples cursos, lecturas y mesas redondas en diversos centros culturales. Al igual que el Taller de Creación Literaria en la Casa de la Cultura de Mexicali. Actualmente promociona su primera publicación, el poemario Testigos del fuego.

1 Comment

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    Sophia I. 23 febrero, 2018 (11:34 am)

    Hola Alan, comento para decirte que me parece muy bueno tu texto; las imágenes que propones son cautivadoras y relucen con fulgor poético. Solamente quisiera recomendarte que le echaras otra mirada, o quizá la de otro escritor o editor, a la sintaxis del poema, y posiblemente se leería con más fluidez si sustituyeras algunas de las aliteraciones. Saludos desde Tijuana.