El faro prohibido

Percatándose de la mirada impávida de Don Mario, el dueño octogenario de la única librería de San Andrés, Trevor no aludió más sobre el faro. El anciano se despidió con frialdad de Trevor, quien, durante aquella tarde, esperó sin éxito la llegada de compradores. Horas después, Trevor caminó a la playa, se recostó en la arena blanca y contempló el faro, construido sobre un islote de geografía accidentada. Antes de que cayera la noche, marchó a la panadería de la señora Amaral.

En aquella oportunidad, la señora Amaral le habló de poesía simbolista. Con tono decidido, citó una larga estrofa de Baudelaire. Trevor la felicitó por su buena memoria y Amaral sonrió con amplitud. De improviso, Trevor le inquirió por el faro. Desencajada, la señora Amaral explicó que allí habían pasado cosas malas y luego, quedó en silencio. Trevor no insistió sobre el asunto y compró tres marraquetas. Se despidió de la mujer —aún con el rostro lívido— y marchó a su pensión, a tres cuadras de la panadería.

Trevor rebasó el portón metálico de la pensión y caminó por un pasillo de internit, serpenteado por puertas blancas. Al final del pasillo, Trevor ingresó a su dormitorio exiguo. En las paredes, había una fotografía de su madre, en el mercado Hypolite de Puerto Príncipe. Engulló una marraqueta, mientras abría la ventana de dos láminas. A la distancia, miró el faro, percatándose que el cielo aún no oscurecía. Luego, Trevor salió al pasillo de internit y tocó una puerta, frente a su dormitorio. De inmediato, le abrió Patrice.  

Patrice vestía igual que Trevor: polera anaranjada, pantalón de tono bermellón y zapatillas blancas. Pero entre ambos, había diferencias ineludibles. Patrice era cinco años mayor. También era más alto. Con liviandad, dialogaron en creole. Charlaron de sus ganas por marcharse a Santiago. Patrice contó sobre su trabajo mal pagado de botero. Incluso, habló de regresar a Puerto Príncipe, pero no tenía los medios económicos para ese plan. Trevor aprovechó la instancia para hablarle del faro.

Patrice respondió que el faro no tenía ninguna importancia. Según él entendía, por un tema de seguridad, nadie iba allí. El gran culpable fue un terremoto. Trevor negó con la cabeza. Fue por otro motivo, refutó. Cosas malas, pronunció en un español farragoso. Patrice soltó una risotada y apostó sobre la presencia de fantasmas en el faro. En tono de broma, Trevor lanzó una propuesta. Ir al faro, esa misma noche. Patrice, con rostro pensativo, levantó los hombros y respondió que como no tenía nada que hacer, podrían explorar aquel sitio.

Una hora después, Trevor y Patrice salían de la pensión. Por la misma acera, se toparon con turistas, estibadores y vagabundos. Trevor descubrió que la señora Amaral caminaba en la acera del frente. La mujer observó a los hombres con ojos risueños. En seguida, el par cruzó la calle, hacia el atracadero que exhibía una hilera de diez botes amarrados, muy próximos entre sí.

Las embarcaciones oscilaban por el movimiento rítmico de las olas. El bote de Patrice, pintado de azul cerúleo, tenía un motor Yamaha en la popa. Trevor se acomodó en el bote, mientras Patrice encendía el motor. Pronto irrumpieron en el oleaje. El bote dejó una estela de espumas. Con la vista en el cielo, Trevor se fijó que una gaviota volaba hacia el islote del faro.

La gaviota graznó en repetidas ocasiones, hasta que desapareció del horizonte. Trevor extendió su brazo izquierdo, sumergiéndolo con levedad en el agua salina. Sintió el roce del líquido frío. Miró hacia atrás. San Andrés era un cúmulo de hogares pequeños. Viviendas distantes, casi sin importancia. Luego, escudriñó adelante. El faro se encontraba rodeado por eucaliptos bien visibles. Debido al bullicio del motor, Patrice levantó la voz. Expresó que el faro no quedaba tan lejos como suponía. A pocos metros del islote, Patrice bajó la velocidad de la embarcación.

Patrice encalló en una ribera de dunas volcánicas, umbrías. Los hombres descendieron del bote. Juzgaron que el sitio era menos agreste de lo que creían. Hallaron un sendero de tierra, casi oculto por los eucaliptos. En el trayecto, los hombres escucharon el trinar de un zorzal. El ave gorjeaba con el paso de los recién llegados. Al final del sendero, descubrieron una valla de púas, pero ésta era lo suficiente baja como para cruzarla sin esfuerzo. El faro se presentaba delante de ellos, incólume.  

El faro poseía unos cuarenta metros de altura. Un blanco calcáreo definía su fachada de cemento. La planta baja, de tono ambarino, poseía ventanas pequeñas, dispuestas en desorden. En la cúpula, de matices rojos, se divisaba un balcón. En las cercanías, Trevor encontró huellas de zapatos. Patrice dijo que tal vez, pertenecieron a un farero que se marchó del islote hacía varios años. 

A pesar de las reticencias de Patrice, continuaron rumbo al faro. Para sorpresa de ambos, en la entrada había una puerta semiabierta.

En el interior del faro, los hombres apreciaron un espacio lóbrego, de paredes plomizas. Hallaron varios objetos: un colchón, una pila de libros, ropa sobre un baúl. En el centro, había una escalera espiral. A los dos comenzó a inquietarle un asunto: los objetos no parecían desgastados, ni antiguos. Cuando se acercaron a la pila de libros, escucharon murmullos en la cúpula.

Se miraron con extrañeza. Patrice volvió a señalar la presencia de fantasmas. Trevor le respondió que debían comprobar si aquello era cierto. Cuando subieron la escalera, sus pasos retumbaron por todo el interior. Trevor alzó la vista. La cúpula se hallaba resguardada por una válvula solar de cobre. Ya en el pináculo, atisbaron la lente Fresnel, distinguible por sus anillos concéntricos. También había un pequeño cuarto de mantención, sin puerta. Cuando apreciaban —desde el balcón— el océano iluminado por el leve fulgor de la luna, volvieron a escuchar los murmullos.

Los ruidos provenían del cuarto de mantención. Fueron a investigar, a pesar de la inquietud compartida. Los murmullos se convirtieron en una voz masculina, muy expresiva, que relataba la estrofa de un poema perteneciente a Charles Baudelaire. En seguida, la voz se apagó del todo. Notaron que en el cuarto había un escritorio, iluminado por una vela dispuesta en un candelero. En aquel pupitre, lleno de papeles, había un hombre que vestía un polerón gris con capucha puesta sobre su cabeza, sentado de espalda al dúo de forasteros.

Trevor distinguió que la mano derecha del hombre se encontraba extendida sobre el escritorio. La mano era pálida, con manchas y llagas. El hombre parecía demasiado concentrado en sus labores, o al menos, eso aparentaba. Patrice se quedó en la entrada. Trevor se adelantó. En los tabiques de aquel cuarto, apreció una veintena de dibujos, esbozos de paisajes sombríos. Cuando Trevor dio un paso más, el hombre se levantó del asiento. El sujeto se giró y dejó caer la capucha. Su rostro estaba descubierto a los visitantes. 

Aterrorizados, Trevor y Patrice huyeron del cuarto. Detrás suyo, Trevor sintió el resuello del hombre. Patrice tropezó, quedándose rezagado. Trevor saltó por las escaleras y cayó varios metros, hasta la base del faro. Malherido, escuchó el grito destemplado de Patrice. 

Trevor salió del faro y arrancó por el sendero. Los eucaliptos se agitaban, briosos. En las dunas, se encontró con dos personas. Eran la señora Amaral y Don Mario. Ambos sostenían escopetas de caza. El bote de Patrice se encontraba en llamas.

Gustavo Andrés Leyton Herrera

(Chillán, Chile. 3 de mayo de 1986) posee estudios de Sociología, Licenciatura en Historia y Periodismo en la Universidad de Concepción. Ha publicado artículos en revistas especializadas de Chile, México, Argentina y España. En Mayo de 2017 publicó su primera obra, “Relatos de un artista recóndito” (Editorial de Los Cuatro Vientos), presentada en la 43° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

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