El espejo en la piedra

Una mañana 27 de marzo de un año que no importa recordar, con un grupo de hombres entusiastas emprendimos el viaje hacia las heladas montañas de piedra. Yo era el menor de aquel grupo. Atravesamos por todas las formas que tiene la  tierra; todas nos dejaron ciegos. Por la mañana destruimos la niebla con el motor del auto. En el desierto escuché algo que me llamaba; al avanzar, rozamos con la arena salada, pude distinguir que en el mar se entendía otro lenguaje; el del universo sentí o quizá apenas una sílaba de él. Pensé que si tal sólo mis ojos pudieran abrirse a las dimensiones de su horizonte, podría descifrar una parte de ese lenguaje extraño. La arena se mecía entre mis pies, advertí que debíamos irnos lo más pronto posible o caeríamos bajo el encanto dorado de la arena blanca de Cortés.

Continuamos. La música en la radio me disgustaba. Ya avanzado el camino y el día,  sólo anhelaba llegar al bosque como si ya hubiera estado antes ahí, como alguien que anhela el  regreso a casa después de mucho tiempo de ausencia. De noche podían verse las estrellas me dije recordé que ese era el objeto de mi viaje; nunca había visto una.

Cuando la ruta se acercaba a nosotros, dos hombres se nos unieron. Eran peregrinos taciturnos en apariencia agradables. Habían dedicado su juventud a explorar aquellas montañas.  Su edad era incalculable. Su rostro apenas puedo recordar; era el mismo que el del rostro reflejado en un arroyo de agua. El mundo de la naturaleza dijo uno de ellos se mueve constantemente del hombre; en nuestro primer viaje duramos tres horas en llegar, esta vez han pasado dos días y el camino es el mismo.  La tierra cambia de direcciones para que el hombre pueda hacerse otro camino que lo desista del pasado o aún más, de la fatalidad de su presente. Después ya no hablaron.

Habíamos ofrecido llevarlos cuando paramos a estirar las piernas y escuchamos que conocían aquellos caminos para nosotros ajenos. Comprendimos que nuestro entusiasmo era nuestra única guía. A ellos les daba lo mismo; si hubiéramos asaltado violentamente contra ellos no habrían puesto resistencia alguna.

Al avanzar camino en las montañas, podían verse animales escabullirse entre la maleza. La temperatura comenzaba a bajar mientras subíamos. A penas pudimos observar que nuestros pasajeros solo contaban con una camisa a botones, unos guantes rotos, un pantalón sucio, botas y una mochila vieja que no parecía guardar nada.

Con la cabeza en el vidrio, mi pensamiento iba en dirección de la pendiente; entre los árboles pude ver una figura correr a toda prisa, se movía salvajemente cuesta arriba ayudándose con manos y dientes cuando resbalaba. Se movía con la velocidad del puma. Mis ojos descifraron un cuerpo que había visto tantas veces. Era un cuerpo humano. Mi garganta enmudeció por un segundo que sentí infinito. Uno de los sujetos, el que había guardado silencio, se dio cuenta de mi hallazgo, pero volvió a su estado sonámbulo. Pensé que el viaje me había agotado y permanecí en silencio. Cuando pasaron dos horas habíamos llegado a nuestro destino. Establecimos el  campamento. Preparamos algo de comida, comimos y descansamos un instante. Los dos hombres hablaron entre ellos, después nos comunicaron que explorarían la zona. Se fueron, apenas haciendo ruido, caminando a la par de sus hombros y pies. No los volvimos a ver. No nos importó demasiado. Manteníamos el entusiasmo que te ofrece la aventura de estar completamente solo en medio del bosque.

Apenas recobrado el aliento. Uno de mis compañeros habló, dijo que deberíamos conocer el lugar en ese preciso momento, cuando el sol estaba en su momento más ardiente y brillante. Pensé que a esas alturas, el tiempo era más relativo que nunca. Daba igual si eran las doce del día, la luz y el espejismo del bosque podían hacer que nos perdiéramos rápidamente. Lo importante era estar cerca uno del otro. Sentí vergüenza conmigo cuando descubrí una especie de temor. Me lo guardé, no era momento de ser un cobarde, porque además, nada podía hacer, lo mejor era ir con ellos.

El viento sonaba fuerte cuando se rasgaba contra las montañas. Atravesamos en el bosque. Bajamos y subimos por pendientes de piedra cubiertas de hojas muertas. Uno de mis compañeros cayó resbalando por la montaña; otro lo sujeto de la mochila. Lo ayudamos a ponerse de pie y continuamos. Nos abrimos paso por un arroyo seco. Sentí que el bosque era un lugar encantado que no debíamos penetrarlo. El último sol pegada en las rocas lavadas y daban el aspecto de un espejo. Rehusé a verme en ellas, porque presentí que sería mi ultima imagen  lo que encontraría en esas piedras. El agua comenzó a acabarse. El mayor de mis compañeros comenzó a delirar y a caminar más rápidamente. Decía que había visto un objeto moverse y quería ir tras él.  Otro de mis compañeros lo siguió preocupado de que pudiera perderse. Comenzaba a quedar en medio del camino. Volteé hacia atrás para percatarme de que no estuviera solo. Mi tercer compañero se había disipado entre los pinos. Apresure el camino como para encontrarlos, pero fue inútil, las redes que teje el bosque son como las que teje una araña y yo estaba en medio de ella. Recordé que no había terminado un ensayo sobre una novela de un escritor griego que hablaba sobre la constelación de las estrellas y su relación con la conducta de un criminal; también un pasaje que indica que la oscuridad y la luz son sinónimos y que una noche cerrada es igual a un mediodía; ambas si intentas mirarlas, te enceguecen; recordé el compromiso que me devolvía a una mañana de marzo en las fronteras del norte, recordé su último beso, recordé que la extrañaba más que nunca, sentí que me olvidaba; comprendí que estaba perdido.

Tuve deseos de llorar. Caminé a grandes pasos, subí y bajé sobre las piedras. Me impresioné con su tamaño. Cerré los ojos para no ver mi reflejo en ellas, continúe en círculos hasta que me di por vencido y caí. Un objeto se movió de nuevo entre los pinos. Vino a mi memoria aquella figura bestial en la montaña. Me puse de pie. A lo lejos pude ver a un hombre que se aproximaba. Era el mismo hombre que vi cuando llegábamos. Parecía decidido a derrumbarme. Era inútil tratar de defenderme; estaba agotado. Entonces quise recordar por última vez mi cara. Busqué con mis ojos aquellas piedras que sirven de espejo. Giré en vano. Cuando sentí que la había encontrado, el hombre estaba delante de mí. Entonces mi último deseo cambio, pensé que morir de frente con aquel que iba a despacharme era más digno que morir agachado. En ese pedazo de eternidad, vi su cuerpo y su cara y su forma más humana; todo me era familiar, incluso el bosque y el tiempo tenían significado para mí. Sus ojos coincidían con los ojos que había visto infinidad de veces y que miraba esa tarde olvidada en aquellas piedras; su voz era mi voz, mis manos las suyas. En el último suspiro me percaté que sus ojos habían cambiado, eran ojos profundos y sin vida. Tomó una piedra lisa y pesada, que era también un espejo; la levantó con sus dos manos que eran también las mías y acabó conmigo.  

Marco Antelo

Marco Antelo

Estudiante de la licenciatura en Lengua y Literatura de Hispanoamérica en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales por la Universidad Autónoma de Baja California.

No Comments