Dos tiros de gracia: Retrospectiva provinciana

En este libro se ha convocado a dos representaciones del cuento de la Revolución y del western mexicano. Sumergidos totalmente en ambientes tanto campiranos como de conflicto, ambos tiros de gracia se ejecutan de un solo trazo —pues así es como imaginamos a los dos escribiendo: de tajo y de un sentón— ciertos tópicos, que más bien son visiones o enfoques no tan comunes en este tipo de cuentos. 

El autor escribe a quemarropa motivado por asuntos pendientes, temas no tratados anteriormente que molestaban al volar cerca de su cabeza. Aureliano García Aguilar y Marco Ochoa Barba se dan el tiempo, tienen la paciencia así como la erudición, para volver a paso firme a las aldeas, al pueblo de tierra rojiza, de hacer un retorno a Ojos Negros o Hermosillo. Con lujo de detalle se narra el disparar de un rifle Golden Boy así como la letalidad de una víbora coralillo. Es de valientes regresar, Aureliano y Marco cada uno a caballo o en carreta regresan a escribir de temas de los que se creían que ya se había escrito todo. 

Cada tiro de gracia ha sido perpetrado por motivaciones individuales que radican en el corazón de sus autores y en las “inquietudes” —si se les quiere llamar así— que los hicieron despertar más de una vez en medio de la noche. Se les puede imaginar decir en sus habitaciones: “Esto no puede quedarse así”, para reescribir un pedazo de la historia, para enmendar esta concepción colectiva de lo que se cree que pasó con los filibusteros en Tijuana, en los pueblos gobernados por ricos imbéciles creídos pequeños dioses en las haciendas, y en general con la vida mexicana en la provincia cuando apenas iniciaba el Siglo XX y México tomaba esa estructura social que conocemos hoy en día.

Los cuentos aquí reunidos muestran al don nadie, al pobre peón, al diablero cualquiera que poco a poco se transforma. Las valoraciones heroicas no están presentes como en otros cuentos, es también este libro un cambio de focalizador, ya no miramos las ambientaciones de antaño desde los ojos del general, sino desde el terror del hijo del capellán que será asesinado o desde el rostro transmutado en odio debido a una mala broma del universo. Historias de individuos en busca de su historia, o que se la encuentra como quien patea una piedra en el camino; relatos que se hicieron importantes debido a la capacidad literaria de sus autores.

Los cuentos tienen cuerpo, alma, rostro, nombre, sangre, venas, dedos, panza, y los que integran Dos tiros de gracia conforman un cuerpo macizo de historias que representan a otras, que son estas historias pero son las historias de vida de quienes se quedaron en el olvido, de quienes murieron en aquellas guerras intestinas o de quienes quedaron bajo tierra en las fosas clandestinas de pueblos y aldeas que conformaron el corazón y los escenarios de estos relatos. Se hace la invitación a esta lectura como quien dice: “Bienvenido a mi casa, bienvenido a la historia”. 

Leer estos cuentos es leer muchos más, es por esto por lo que escribir desde estos focalizadores narrativos, escuchando a personajes como El Güero, nos enseña a desenvolvernos en lugares que ya no existen o que han cambiado por completo: y nos comprometemos con el momento social e histórico, comprendemos de mejor manera cómo y por qué suceden las cosas, de qué forma y con qué herramienta se dieron a conocer. La ficción es ahora una balsa donde las historias verdaderas pueden cruzar el río del olvido para llegar a un lector crítico que juzgará si integrará estas historias al gran bagaje de los conflictos armados de México. Porque también las guerras son parte de la identidad nacional, diversificar los puntos de vista de quienes lucharon en ellas, más que un recursos literario, es una obligación ética. Obligación que Aureliano y Marco tomaron con gusto para visibilizar al peón, al que regresa a casa y desea salvar no ya su honor, sino el de sus seres queridos. Esta es la clase de compromiso literario que linda con un fuerte voto de confianza a la historia de México.

Miguel Ochoa

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