Todos los sueños el sueño

Todos los sueños el sueño

Alguien dice que Dios no existe. Escucho esto sentado en la sala de espera. De pronto se me ocurre mirar a mi alrededor y no reconozco a nadie. El bullicio monótono y nebuloso anda libre en este lugar. Me doy cuenta que en algo me parezco a los desconocidos que me rodean: todos somos prisioneros de una espera desesperante. Miro el reloj, máquina que trata de abrazar un polvo sin cuerpo, y éste me indica que no puede detener el tiempo, que ya son las seis de la tarde. “La noche ya está cerca”, pienso.

Me acuerdo que estoy esperando a alguien, pero no recuerdo de quién se trata. Una muchacha uniformada pasa frente a mí moviendo pomposamente su trasero. Me levanto del asiento, camino tras ella, la alcanzo y le pido que encienda el televisor de la sala. Me mira extrañada y responde que sí. La miro buscar el control remoto entre las revistas regadas sobre la mesa de la esquina, pararse frente al televisor, pendido en la pared y presionar una tecla del control. Sintoniza enseguida un canal de noticias, pero se tiene que ir, le agradezco y vuelvo a mi asiento. La mayoría ha dejado de mirar a través del cristal de enfrente, el pasillo por donde van saliendo los que llegan a esta ciudad, y levantan la mirada hacia la pantalla. Un reportero dice que “Bagdad ha sido tomada por las tropas invasoras, y mostrando su poder tiran la estatua del líder iraquí Saddam Hussein colocada en el centro de esta ciudad capitalina…” y al mismo tiempo pasan imágenes del lugar: el ejército, lleno de júbilo, destruye una estatua. Enseguida pasan otros reportajes, pasan otras imágenes: la gente que se debate entre la vida y la muerte por los bombardeos, y grupos de personas de diferentes países que protestan contra la invasión.

La voz narradora empieza a sentirse lejana, el bullicio en la sala se hace silencioso, ya no escucho nada. Las imágenes me absorben internamente. Siento en mi propio cuerpo el dolor de esa gente que miro. Pasan unos minutos, silenciosos para mí. Lentamente comienzo a recobrar el oído. Atrás alguien dice que con Korea del Norte será diferente. En esto llega un viejo harapiento a sentarse junto a mí. Yo continúo viendo el noticiero. El viejo me dice de repente al oído que suelte la feria. Sorprendido volteo hacia él y siento en la costilla la aguda punta de un cuchillo. Nervioso le digo que no tengo. Me vuelve a decir que si no suelto la feria me va a “llevar la chingada”. Esto me da miedo. Al instante veo a una muchacha caminar en el pasillo de salida. ¡Rayos! Es mi prima Laura. Cómo pude olvidar que es ella a quien he estado esperando. Laura se da cuenta de mi presencia y se sorprende al ver al viejo a mi lado con el cuchillo en mi costilla.

Veo a un policía entrar por la puerta y sin pensarlo me levanto gritando: ¡Auxilio! El viejo me detiene del suéter. Siento el frío metal atravesarme la costilla generando un dolor agudo. Sin fuerzas caigo en la silla, bajo la vista hacia la herida donde ya chorrea sangre. El viejo, con el cuchillo en la mano, sale corriendo hacia la puerta, el policía desenfunda su revólver, Laura grita desde el pasillo de enfrente, yo me dejo caer al piso, toco la herida, se mancha de sangre mi mano y siento miedo; trato de pensar, pensar… y cierro lentamente los ojos.
¡Y me despierta salvajemente mi abuela! Me dice que no debo dormir por las tardes. Mi corazón retumba desesperadamente, ha de ser por la pesadilla. Le pregunto la hora y me contesta que ya son las cinco de la tarde.
—Báñese, jovencito, porque se ve espantoso. Después se va a recoger a su prima Laura que nos viene a visitar. Su tía me habló por teléfono desde México para avisarme que la niña ya viene en camino y que usted tiene que estar antes de las seis en la terminal —me ordena la abuela.

—¡La terminal!

Mientras me baño pienso en el horrible sueño que acabo de tener y en su coincidencia con la realidad que ahora se presenta. Pero me tranquilizo diciéndome que los sueños son sueños y que nada tienen que ver con la realidad. Después de vestirme, peinarme, salir a la sala, mirar a la abuela sentada en el sillón orando y sentarme a su lado, le cuento el sueño.

—Eso le pasa por dormir a estas horas —me reprime.

—¿Cree que los sueños se hacen realidad, abuela? —Le pregunto.

—No lo sé —me responde—. ¿Usted cree que Dios existe?

No le contesto. Prefiero irme pronto a la terminal porque el tiempo no se detiene.

 

 

Cuento publicado en el libro Todos los sueños el sueño (SEJUVE Guerrero, 2003).

Florentino Solano

Metlatónoc, Guerrero  (1982) 

Ha publicado los libros Todos los sueños el sueño (Sejuve Gro, 2003), el poemario en su lengua materna (ñuu ísávi) La luz y otras noches (CDI, 2012), Cerrarás los ojos para no ver (ICBC-CONACULTA, 2013) y El amor y otras minificciones, Juanas Editoras, 2018. Fue becado por el PECDA en Baja California en 2016. Becado por el FONCA 2017-2018. En 2003 recibió el premio al mérito civil juvenil “José Azuela” del gobierno del estado de Guerrero. En 2009 recibió el Premio San Quintín Joven, en Baja California.

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