Psicoesfera

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Heredera de una fortuna, accionista activa en el mercado y amiga de un número creciente de personas con buenas influencias, Marcel Bruhl era una figura reconocida por los medios: la inauguración de una nueva plaza, el anuncio de un evento de caridad, testificando en contra o a favor en escándalos donde amigos suyos estaban involucrados… siempre había una forma en la que Bruhl podía aparecer en el cuerpo de la noticia, no fue hasta lo que declaró en su más famosa entrevista que el nombre de Marcel escaló hasta el encabezado.

En aquella entrevista, Bruhl afirmaba que era capaz de comunicarse con su fallecida abuela por medio de sus sueños: según ella, la mujer muerta hacía acto de presencia, conversaba con su nieta por lo que parecían ser minutos, horas o incluso días, desaparecía al amanecer y después volvía la noche siguiente para continuar el tema de conversación que habían dejado inconcluso el sueño anterior. Bruhl hacía énfasis en que la experiencia más que un simple sueño y que la coherencia de las conversaciones que mantenía con su abuela eran prueba de ello.

La entrevista de Bruhl no se hubiera vuelto tan famosa, ni hubiera estado cerca de despertar el morbo que despertó de no ser porque a varias semanas de las declaraciones de Marcel, no hubieran aparecido un sinfín de personas, algunas más famosas que otras, afirmando padecer el mismo fenómeno que Bruhl, declarando ser capaces de personas fallecidas, conocidas o no conocidas, por medio de sus sueños.

El tema se prestó muy jugoso para los medios, quizás demasiado: le dieron tanta cobertura, fueron demasiados los titulares, las entrevistas a los “afectados”, los supuestos expertos pseudocientíficos tratando de explicarlo, que terminaron por explotarlo: si alguna hubo personas que realmente experimentaron este tipo de sueños, la credibilidad de este grupo quedó sepultada bajo una multitud de charlatanes.

Para los hombres de ciencia como yo, éste no fue más que una moda, un fenómeno mediático al que todos quisieron escalar por medio de mentiras y falsas experiencias oníricas y sobrenaturales.

En una fiesta de fin de curso, años después de la última vez que el nombre de Marcel Bruhl apareció en un titular, rememorando este desacreditado pero aun intrigante caso, mis compañeros y yo ideamos un juego en el cual cada uno de nosotros trataría de darle una explicación científica al supuesto caso de la señora Bruhl y demás “afectados”. Quien ideara la manera más creativa y convincente de explicarlo desde el punto de vista psicológico, se ganaría 200 dólares salidos de los bolsillos de los perdedores.

En vacaciones comencé a trabajar en mi hipótesis, inspirado más por la actividad recreativa en sí que por el querer hacerme del premio. A diferencia de mis compañeros, que predecía iban a querer explicar el caso de Brühl como un caso extremo de histeria colectiva,, yo lo haría desde una alternativa completamente diferente: el modelo del inconsciente colectivo de Carl Gustav Jung, un psicoanalista al que considero tristemente infravalorado.

La propuesta de Gustav se podía resumir en esto: hay un sustrato de ideas y símbolos comunes que trasciende la psique de todos los individuos y a la cual todos pertenecemos. Dicho de otra manera, es una red de pensamientos universal, una memoria colectiva que todos compartimos y a la que somos innatos, un espacio en el cual todos nuestros pensamientos individuales pueden ser proyectados y compartidos. A este espacio se le conoce como “inconsciente colectivo”. Dicho sustrato trasciende de un “inconsciente personal” el cual se entiende como la memoria individual, pensamientos e ideas de cada sujeto.

La explicación que ideé en base al modelo del Inconsciente colectivo la presento a continuación: este sustrato común sí existe, pero no sólo como un banco de ideas y memorias, sino como una espacio al cual las psique humana puede acceder por medio de los sueños, (aquí es cuando se me fue de las manos). Al momento de la muerte, la mente del individuo trasciende su inconsciente personal por completo y se hace parte de este espacio, de esta manera la fallecida abuela de Brühl se había comunicado con ella por medio del inconsciente colectivo, al cual Marcel podía acceder(como todos nosotros) por medio del sueño y del cual su abuela ya formaba parte, lo mismo aplicaba para el resto de las personas que afirmaban padecer el mismo fenómeno; lo que no logré desarrollar de forma satisfactoria la explicación al hecho de que, tras las declaraciones de Marcel, se haya disparado el número de personas “afectadas”. Ahora sé la respuesta y lamentó no haber pensado en ella en vida.

Como podrán ver, mi explicación era más digna de una novela de fantasía o de una secta New Age que de un planteamiento científico como tal. Yo estaba consciente de ello, pero no me importó, pues al fin y cabo me había divertido mucho elaborandola y había resultado ser un rico ejercicio lúdico. Cuando las vacaciones acabaron, mis amigos y yo nos reunimos para consumar la apuesta. Obviamente no me gané los 200 dólares.
A 60 años de aquella reunión y tras una triste enfermedad que me quitó la vida, puedo afirmar con completa seguridad que mi hipótesis, aquella que desde un principio pretendió ser solo un juego, resultó ser verdadera, aunque no de manera completamente apegada a como la concebía.

Para empezar, nosotros no trascendemos del inconsciente personal al inconsciente colectivo cuando soñamos, realmente somos parte del inconsciente colectivo al estar despiertos.

La verdad es que la realidad no está compuesta de un tiempo lineal ni de un espacio uniforme: el tiempo no es más que un montón de hechos y momentos sin orden ; los conceptos del presente, pasado y futuro no existen. No hay concepción del espacio como un todo, sino que está fragmentado en pedazos cambiantes que se acomodan por puro azar ; las distancias, las longitudes y las ubicaciones no existen, ni la causa tiene que forzosamente ir antes que el efecto.

Es en el momento en que soñamos cuando entramos al inconsciente personal, es en el sueño cuando creamos una simulación en la que acomodamos el espacio y ordenamos el tiempo, dicha simulación es la que yo conocía como realidad cuando estaba «vivo». Yo no he muerto realmente, tan solo he perdido la capacidad de soñar y me he visto permanentemente estancado en la realidad, en el insomnio, vagando por los que gente como tú considera sueños.

Por: Rosas García José Efraín
Guaymas, Sonora (1996)

Actualmente cursa la licenciatura en Lengua y Literatura de Hispanoamérica en la Universidad Autónoma de Baja California.

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