POR ESTO, AQUELLO Y LO OTRO

Por un momento, Clara se detuvo a mirarse en el espejo del baño de ese restaurante. Estaba pálida y notoriamente angustiada, nada esperado en una mujer entrada en su tercera década de vida después de escuchar la tan esperada propuesta de matrimonio del hombre que, desde que lo conoció, supo que era el hombre de su vida. Caminaba de un lado al otro del baño viendo salir y entrar a otras mujeres que parecían sólo tener la preocupación de vaciar la vejiga o retocar su maquillaje, ella por su parte, viendo el reloj siendo las 9:15 P.M., tenía la decisión más grande de su vida detenida entre el olor a aromatizante, el sonido de tacones ajenos que paseaban cerca de ella y la señora que da las toallas de papel para secar las manos esperando su propina.

Minutos antes, Eduardo le declaró su amor con el discurso más poético y conmovedor que ni en sus fantasías había plasmado, fue el momento más romántico que jamás había vivido y descubrir el anillo más hermoso saliendo de un postre de chocolate deslumbrando su mirada y dando un choque eléctrico en el corazón. Ante la escena y el silencio en los labios de Eduardo esperaba la tan ansiada respuesta. Clara sólo cubrió su boca con ambas manos sintiendo sus ojos cristalizados por la emoción quedando congelada por unos cuantos segundos pudiendo decir solamente “tengo que ir al baño”, se levantó y se retiró.

En el baño, invadida por un inexplicable pánico, esperaba encontrar el valor para decir un Sí lleno de total emoción o un No tajante y bien decidido pero no se atrevía a considerar a conciencia ninguna de las dos, tenía tanto miedo de equivocarse sin saber realmente por qué ambas decisiones podían significar un error. Sintiéndose observada por la señora de las toallas, decidió meterse al cubículo asignado para personas con alguna discapacidad y continuar cómodamente con su ambivalencia, se sentó en la taza con las manos en el rostro y los codos sobre las piernas tratando de llorar cuando escuchó una voz despreocupada en el cubículo vecino.

—Dile que sí, total, si no funciona te divorcias y ya.

Se quedó con los ojos abiertos maximizando su dimensión pues no supo en qué momento externó su conflicto, en el momento que pensaba poner en su lugar a la metiche entrometida de al lado, escuchó otra voz tierna y firme afuera de su puerta.

—No, si tienes dudas mas vale que le pidas un tiempo para reflexionar la propuesta y le respondes cuando estés verdaderamente convencida.

Otra entrometida, ¿pues en qué momento pidió opiniones sin darse cuenta?, pensó. No le caerían nada mal pero no las solicitó y no estaba tan segura de querer escucharlas.

—Dile que no, seguro no funcionaría y si eso pasa no te lo vas a perdonar nunca y vas a estar arrepentida el resto de tu vida.

Una tercera opinión que venía del cubículo del otro lado, una voz más temerosa e insegura que sonó como si tuviera miedo de ser escuchada. Clara se quedó con las manos extendidas hacia los lados con gesto incrédulo e intolerante con el impulso de responderles, su mente se fugó a la primera opinión, decir que si pensando en el divorcio como opción, finalmente era una posibilidad, si el matrimonio de sus papás no funcionó y terminaron divorciándose ella podía repetir el patrón, total, con qué moral podían recriminarle algo si esa fue su enseñanza, casarse siendo tan poco compatibles y pelear hasta porque la mosca pasaba, pelearse las propiedades en los juzgados y regalarle navidades y cumpleaños divididos. Pensaba que en esa opción podría no tener hijos para no arruinarles la vida como se la arruinaron a ella.

Por otro lado estaba la opción de no responder hasta que estuviese segura, no le tentaba mucho pues sentía que debía darle una respuesta a su amado cuando volviera del baño y no quería desilusionarlo con un “Déjame pensarlo”. No quería romper el encanto de la noche con una respuesta vacía, él era un gran hombre y una buena pareja pero también tenía un carácter fuerte con el que chocaba en opiniones, en ocasiones sentía que ella era quien tenía que ceder para no discutir aunque no estuviera del todo convencida, no consideraba que fuera un problema realmente pero ya para pensar en matrimonio, temía que sí fuera significativo. En ese momento, deseaba tener un manual que le expusiera concretamente las características óptimas para un matrimonio exitoso y las que comprenden un total fracaso, así podría decidir con los elementos en la mano.

Tras una pausa en su mente, cayó en la tercera opción, decirle que No porque podía arrepentirse el resto de su vida si no funcionaba, evitarse el riesgo y continuar su vida como si esa noche no hubiese existido, quizá Eduardo aceptaría continuar con ella sin el compromiso o quizá podría perderlo para siempre pero probablemente valdría más la pena que arrepentirse después. No tenía duda de que él era buena persona, pero ella era quien tenía problemas pues era insegura en sus acciones, acostumbraba colgarse culpas donde no las había y trataba de consagrarse con los demás siendo servicial y pasando sobre de sus propios deseos para complacer y limpiar el rastro de lo que la condujo a la culpa. En ese momento, se metió al su callejón mental favorito, el de las culpas, entonces para ese momento ya pensaba que para hacerle un favor a su novio, mejor rechazaría la propuesta, salvarlo de ella era su mejor gesto de amor.

—Ay cálmate, ya deja de sentir pena y lástima por ti por cada cosa que pasa en tu vida, toma las cosas como son e intenta ser u poco descarada, siempre tratando de hacer lo correcto, ¿nunca has intentado hacer lo contrario?, ¿disfrutar la vida sin importar lo que siga? ¿No, verdad? Viendo tu tortura interna, parece que no. —Escucha de nuevo la primera voz, más cínica cada vez-.

No, jamás lo había intentado, generalmente entraba en dudas y todas esas veces que se arriesgó, efectivamente cargaba la culpa por varios días hasta que lograba soltar el hecho. Cada vez que salió a divertirse se arrepintió de haber tomado alcohol, de haber bailado con un extraño, de haberse dejado llevar por la euforia y gritar y bailar en el antro o en el bar. En cada situación que se dejaba invadir por la alegría y la convivencia entre amigos (sin haber hecho nada malo), se arrepentía. Parecía que era esclava de ella misma. Sin embargo y pese a ello, era alegre y sociable, a donde iba resaltaba y no solo por su gracia física, también por su carácter liviano. Clara era una mujer hecha y derecha y muy valiosa, aunque eso a ella se le olvidara de vez en cuando.

—Tómate tu tiempo para pensarlo, no es una decisión fácil. – Insistía la segunda voz.

—Dile que no, para que te arriesgas a otro error, yo que tu ni lo pensaba, le decía que no y bye—. Refutaba la tercera.

Clara escuchaba a las otras tres mujeres y sabía que cada una tenía una parte de razón, cada punto de vista podía ser una opción válida pero aún así, no lograba poner descifrar su deseo. Lo amaba y eso no estaba en duda, lo amaba hasta perder la respiración cuando no estaba con él, lo amaba con tal fuerza y pasión que no veía su vida sin su presencia, sin su voz, sin sus abrazos pero casarse, no sabía qué significaba decirle que sí, si la relación cambiaría, si en algún momento no soportaría sus hábitos y manías, si dormir con él cada día por el resto de su vida era lo que en realidad deseaba, mas no se imaginaba compartirlo todo con alguien más. Se hizo un silencio hueco a su alrededor y comenzó a llorar, sollozaba con la cabeza a punto de estallar invadida de pánico deseando no verse en medio de tal situación, arremetió por segundos contra Eduardo por provocarle tal angustia, si tan sólo se hubiera quedado callado y jamás haberle hecho una propuesta tan gigante.

—Si claro, evade, huye, dale la vuelta a algo que tenía que suceder, los años pasan y dejas de ser una jovencita y serás una solterona. Y no critico que lo puedas ser, te lo admiraría siempre y cuando lo decidas por convicción, ¡sin arrepentirte, carajo! –Dijo sabiamente la segunda voz-.

Clara lloraba, esa persona tenía toda la razón, casarse era algo qué sí deseaba a pesar de lo vivido con sus padres, quería demostrarse que el amor y el respeto en pareja sí existe y poder construir una familia funcional. Definitivamente sí lo deseaba y enfrentarse con esa confesión la hizo suspirar con un aliento desahogado que le aligeró el peso que traía cargando en los hombros cual costal de sandías, no era que se había aclarado del todo el panorama pero si tenía algo claro, no quería quedarse sola y sólo Eduardo era la opción.

—Puedes casarte y si te aburre el sexo con él o te da flojera la convivencia diaria, bien puedes conseguirte a alguien más, no serías ni la primera ni la última en recurrir a eso, no tiene nada de malo y quizá es lo que le termina de dar el gusto al matrimonio porque, pasa ser honestas, todas las personas casadas lo han pensado y quien diga Yo no, está mintiendo. Es una tentación y un deseo que todos tenemos lo que hace la diferencia es el hecho, le doy su like a quienes se avientan a experimentarlo y a quines se quedan con las ganas les invitaría a intentarlo. – dijo la primera voz aún más cínica cada vez.

Se quedó pensando en que efectivamente con el paso del tiempo, viviendo en pareja pudiera surgir la fantasía de acostarte con alguien más, tener una aventura y probar otros sabores, no se negaba a esa realidad pero no era algo con lo que pensaba casarse, ella se sentía satisfecha con su novio en todos los aspectos así que no quería ni pensar en esa posibilidad. Y escuchaba a las tres personas afuera discutir sobre su confusión, las tres distintas opciones que podría considerar para tomar una decisión llenándole ahora la cabeza de bla bla blas que la hicieron explotar.

—¡Ya cállense! He tomado una decisión. No voy a decir que sí pensando en el divorcio, tampoco lo haré pensando en la posibilidad de conseguirme un amante cuando me aburra. No le diré que me dé tiempo de pensarlo porque estoy convencida que es el indicado ni tampoco le diré que no por temor a equivocarme. Saldré de este baño a decirle que sí porque lo amo y porque no me veo haciendo mi vida sin él ni con nadie más, saldré de este temor absurdo que me ha invadido por años a hacer lo que en verdad deseo y disfrutar cada momento de risa y de alegría sin sentirme culpable. Desde ahora seré una mujer más decidida y firme porque se trata de mi vida y solo tengo una y aprenderé de mis temores para dejar de sentirlos. ¡He dicho!

Un silencio volvió a invadir el lugar y unos segundo después, se escucharon aplausos alrededor suyo, entonces abrió la puerta y descubrió un baño en movimiento, la señora de las toallas sentada junto a los lavabos y ninguna mujer parada cerca de ella, se quedó pasmada sin entender qué había sucedido, dónde estaban las mujeres que le estuvieron hablando, miró su reloj y eran las 9: 19 siendo que para ella habían transcurrido muchos más minutos. Salió de nuevo al espejo y se miró distinta, sin su gesto acongojado y sin ninguna duda, se dio cuenta que lo que había sucedido fue un enfrentamiento consigo misma, con su parte temerosa, la parte alocada y la sensata que la estaban volviendo loca y entre ellas, la hicieron deshacerse del baúl de las culpas para poder disfrutar con placer y alegría de su vida y respetar sus decisiones desde ahora y para siempre.

Sabía que nada era seguro, que las dudas iban a volver y la inseguridad también cuando llegara frente a ella otra decisión difícil, pero por esa ocasión sus temores, complejos y deseos internos se pelearon por su felicidad, abrió la puerta a grandes posibilidades que la hicieron ir libre a los brazos de Eduardo por esa noche y por el resto de su vida.

Por: María Antonieta Estévez López

Psicóloga y escritora. Entre sus publicaciones destaca su novela corta “La compañía de almas”
y la publicación de una muestra de su poesía en “La Antología de Poesía Española Contemporánea Vol. II”
ambas publicaciones bajo el sello editorial de Editorial Chiado. Actualmente se encuentra en proceso de un proyecto de microcuento.

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