Los Pispirispis

La tarde en la que se  llevaron a Daniel Barcas en medio de gritos y de vociferaciones muy parecidas a aullidos,  todos sabíamos que estaba loco de remate. También  sabíamos  que era un lector asiduo y que se sentaba cada tarde en la terraza de su casa a resolver crucigramas  mientras fumaba y bebía café. Lo veíamos en la misma rutina ceremonial que consistía en  recortar del periódico el  crucigrama resuelto  y  almacenarlo en un folder  para después  solucionar  los nuevos  con ayuda del archivo. Actuaba y llevaba la rutina de los hombres comunes, hasta que empezó a  hablar de una clase de larvas que volaban alrededor de su cabeza.   

Todas las mañanas salía temprano de su casa para asistir a una tertulia literaria en la Biblioteca de La Aduana, allí se reunía conmigo y los demás miembros del grupo Soda caústica y conversábamos sobre las coincidencias discursivas e ideológicas entre Oscar Wilde Y Nietzsche. Aunque participaba poco de la discusión, tenía el hábito de tomar nota de las reflexiones más relevantes en un cuaderno pequeño de color verde, que bien podía confundirse con el registro de un cobrador.  Luego estrechaba la mano de cada uno de nosotros y se dirigía a la biblioteca Departamental en donde pasaba varias horas concentrado en la lectura y exploración de libros sobre insectos.  

Por la tarde, algunos vecinos lo veían bajarse del bus  a la misma hora de todos los días, compraba el periódico al voceador del paradero y   pasaba con la cabeza metida en el diario, pero con la precaución de saludar con un gesto de media mano  a cada vecino. Para todos,  Daniel Barcas era considerado un hombre normal, hasta el día que empezó a hablar de una especie de bichos que volaban alrededor suyo y que por una razón no conocida,  él denominaba pispirispis. 

Según le comentó cierta vez a   su amigo de tertulias José Montaña. Un día, después de haber culminado su rito con los crucigramas; vio por vez primera a uno de ellos. Era una especie de Aedes albopictus,  pero sin llegar a serlo. Tenía las patas largas  y  emitía un sonido  muy parecido a un rumor de voces  confusas. En el día los pispirispis poco se podían ver  debido a la rapidez de sus movimientos,   pero en la noche, podía tenerse alguna idea de su figura  cuando el reflejo de sus sombras  se proyectaba en alguna pared, aunque la morfología era  muy confusa.  Al principio sólo fue uno, pero con el pasar de los días, al observar detenidamente las sombras, pudo ver como de este emergía otro y del nuevo otro y de ese otro hasta que fueron miles y siguieron aumentando. Pensaba que la lluvia los hacía reproducir.  José Montaña quedó asombrado por el relato y descripción seria y rigurosa de los animales, pero perdió credulidad  cuando le dijo que lo llevara a su casa para verlos, a lo que él sólo contestó:  

—Están sobre mi cabeza. 

Días después, varias personas comentaron que empezó a caminar por las calles como si espantara una asonada  de plagas sobre sí. Se le veía darse cachetadas  y en ocasiones tener repentinos alaridos, frenarse y mirar concentrado  la punta de su nariz  por mucho tiempo. De repente emprendía una carrera o se tiraba al piso para revolcarse. Alguna vez alguien  afirmó oírlo decir: “me pican”, “me pican”, pero esta versión fue desmentida porque en las anotaciones que escribía en su cuadernillo verde, se encontraron reflexiones amplias sobre los pispirispis y algunas  particularidades:  

“Estás páginas han sobrevivido a ellos de manera inexplicable, en la noches siento como un crujir de dientes se me acercan al oído y el aleteo insaciable me genera un fuerte dolor de cabeza, nunca me han picado o mordido, no sé sí poseen aguijón o si lo que yo considero que es crujir de dientes  es en realidad un alteo de las hembras en celo, atrevimiento de mi parte, puesto que sí tienen una reproducción asexual no se si existan hembras o sólo machos o hermafroditas. Se alimentan del papel fresco, han acabado con mi archivo de crucigramas y cada que intento agarrar un periódico para resolver uno, embisten hacia él sin dejar rastro. Me persiguen y sólo puedo tratar de agarrarlos pero al final ese empeño falla; tienen una cualidad única y veloz que supera la velocidad  estándar, por  eso  los demás no los ven. Son inmunes a los anti plagas y su actividad es constante, ya no se si sueño con ellos o si en realidad tienen la sorprendente cualidad de meterse en las imágenes de los brevísimos instantes que logro dormir. Son una especie de Mancuspias voladoras”.  

Aquella tarde, cuando se lo llevaron al manicomio,  ya había recibido  diversas denuncias por agresión, los vecinos afirmaron haber sido golpeados por él con la supuesta excusa de que tenían  pispirispis sobre la cara o  que flotaban sobre sus cabezas.  También comentaron que ya no se le veía resolver crucigramas, sino que iba por la  carretera  con un movimiento repetitivo que consistía en abrir y cerrar las manos  alzadas al aire con la intención de cazar algo que no cazaba.  

Poco después nos enteramos que al llegar al manicomio, el psiquiatra determinó  locura, sin embargo, su dictamen mantuvo un dejo de duda; pues lo sorprendía la lógica con que contestaba las preguntas, pero lo impresionó la manera absurda con que movía sus manos con desespero para atrapar  algo que no atrapaba. Fue recluido en el pabellón de enfermos leves y allá se encontró con otro enfermo al que   llamaban Tobe y del cual se sabía que era músico, además que le gustaba  hablar al revés y estaba interno  por razones no conocidas. De vez en cuando chocaba sus manos en tono de la clave y repetía como si estuviera cantando la  misma frase: “al roquie arirmo”. 

Podría decirse que entre Tobe y Daniel Barcas se generó una amistad, sobre todo el día en que Tobe se burlaba de los demás internos y repetía: “tanse colos”. Luego, se fijó en Daniel Barcas que pasó muy cerca de él e  intrigado por verlo  tratar de   coger algo  en el aire omitió su manía habitual de hablar al revés  y le preguntó: 

—Qué carajos estás atrapando. 

—pispirispis— respondió Daniel Barcas. 

—Sí, ya los vi, nos onus chovis— dijo Tobe. 

El psiquiatra, quien se encontraba muy cerca, los escuchó y con la intención de comprobar la veracidad de los animales y de ver al fin uno de ellos,  preguntó a Tobe:  

—¿Cómo son?- 

—No sé, aún no he cogido ninguno— Respondió. 

Y de inmediato ambos  se retiraron y empezaron a recorrer todo el pabellón mientras  aleteaban  las manos, seguidos por la mirada desconcertada del psiquiatra.

Por: David Cabarcas Salas
Barranquilla, Colombia, 1985 

Licenciado en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad del Atlántico. En el 2010 se radicó en Bogotá D.C. 
para desempeñarse como profesor de Español y Literatura de la Secretaría de Educación Distrital.
Posteriormente logró el título de magíster en Literatura y Cultura en el Instituto Caro y Cuervo.  

1 Comment

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    Nelson Navarro 21 octubre, 2017 (9:14 am)

    Excelente cuento.