Los habitantes del librero

Una noche de tantas, ya bien entrada la madrugada, el escritor cierra su computadora portátil, se prepara para ir a dormir y apaga las luces del departamento dejando a media oscuridad la sala, pues el tenue brillo de la luna logra escabullirse por la ventana dando directamente al librero, cuyo espacio está repleto de obras viejas y nuevas,  autores de todas las épocas, temas distintos: política, psicología, literatura, poesía, historia, novelas y uno que otro cuento. Mucho en común y a la vez, nada que ver entre ellos. Solían ser utilizados por el señor M., con frecuencia tomaba uno tras otro pues leía como si alguien lo estuviese correteando, no paraba de aumentar el número de habitantes en el librero, tan era así que ya no había espacio, colocaba uno sobre de otro haciendo que la sala y el librero mismo se vieran con vida. Los libros salían, entraban y se revolvían de lugar puesto que el señor M., no se daba el espacio en sus ocupaciones para acomodarlos, así que cada libro cambiaba de vecino constantemente, cuando tenía tiempo, los colocaba nuevamente en su lugar y si no, se quedaban ahí hasta que un día él volviera a poner sus manos sobre de alguno.

Para el señor M. no era ninguna complicación dónde quedaban los autores ni cerca de cual otro, total, no había nadie más que metiera mano en su invaluable colección de obras literarias, él era distraído en el orden pero, a fin de cuentas, siempre sabía encontrar el que quería. No respetar el orden no era tan malo si lo vemos desde otra perspectiva y no la del lector y mucho menos desde un punto de vista obsesivo compulsivo, si lo vemos desde una opinión vecinal, llegó a ser positivo que no colocara los libros en el mismo lugar, como fue en el caso de  Freud y sus Obras completas y Lacan y El ego en la teoría de Freud en la técnica del Psicoanálisis, que al mover a Freud de lugar, la calma volvió. No fue muy buena idea estar juntos a pesar de que, por lógica en la temática, correspondía el orden. Y menciono que no fue buena idea, pues al apagarse las luces, estos dos comenzaban a pelear, uno refutando la teoría del otro, gritando cada uno en su idioma mal entendiendo los argumentos del otro haciendo insoportable la convivencia. Freud insistía a Lacan que si podía hablar sobre el ego era gracias a él y claro que Lacan no permitía que le restregara eso en la cara, supongo que su ego, era lo que explotaba en groserías francesas. Cuando se iniciaban los pleitos entre estos dos genios, el Diccionario Español – Francés, Francés – Español se aplicaba como loco a traducir, con Freud era más sencillo cuando discutía en inglés, pues gran parte de los vecinos lo entendía con facilidad, el problema era cuando le brotaba el alemán.

Por otro lado, un poco más arriba, estaba Harry Potter, desde La Piedra Filosofal hasta Las Reliquias de la Muerte, era chistoso y casi psicótico que hablaran entre ellos puesto que los tres primeros eran muy infantiles y los demás ya estaban involucrados con la mentalidad adulta, sufriendo la pena de la muerte mientras que los otros traían cargando sólo la de los Potter. No hablaban mucho con los demás libros vecinos porque, aunque no hubiese discusión, igual platicaban entre ellos. Como su vecino contiguo estaba Memorias de un Amigo Imaginario y explicaba a los demás que suele ser normal no salir de lo que nos hace sentir en compañía, hasta que el mundo se descubre y permite ver que hay algo más allá. Los demás lo entendían, no era fácil soltar al Harry de once años ni decirle que al final, a los diecisiete años, se sacrifica por el mundo mágico. El Señor de los Anillos estaba más o menos por la misma onda, entre Elfos y Hobbits nadie más les entendía la urgencia y la importancia del anillo, sólo se escuchaba el lamento de Frodo que sufría por no llegar.

Y así, cada libro tenía su personalidad, unos chocando con otros pero llegando siempre a la convivencia positiva, a fin de cuentas ese es su objetivo, dar alegría, conocimiento, ampliar el mundo y abrir puertas a la imaginación. Ser un libro, del grosor que fuese, de portadas bellas o no, con hojas blancas o amarillas, con ilustraciones y sin ellas, es tener el alma entre las manos, el alma del escritor, el alma propia volando entre escenarios distintos y épocas ajenas a la de ahora. Ser un libro abierto implica dar a quien lo lee, la oportunidad de sentir, desde el aroma de las hojas, el placer que despierta la lectura y viajar a mundos y tiempos lejanos, identificarse con los personajes y sentirse involucrado en la trama que se tiene en las manos, la vida y la muerte, la alegría y la tristeza, el dolor y la paz; sentimientos que experimenta el lector al sentirse dentro de la historia. Asimismo, abrir un libro que brinde conocimiento para expandirlos y seguir en continuo aprendizaje, se disfruta desde el momento que marcamos con dobleces las hojas importantes o con marcadores adheribles de colores, acudir al librero y sacar el libro donde se quedó marcado para continuar, es maravilloso.

Pero algo cambió en ese lugar, un día el señor M. dejó de hacerlo, de repente dejó de sacar libros y de añadir nuevos, comenzó a empolvarse el librero y desde ahí los libros veían que el escritor en vez de ir hacia ellos sacaba una pantalla que manejaba con sus dedos. En su escritorio estaba la computadora en la cual escribía y la pantalla, que no era otra cosa que una Tablet, ahí, en el lugar que ocupaba el libro en turno para ser el apoyo que requiriera el escritor. Los libros comenzaron a darse cuenta que esa pantalla los estaba sustituyendo poco a poco hasta que en ese momento, prácticamente ya no eran utilizados por el señor M. Se preocuparon, claro, ¿qué es de la vida de un libro si deja de ser hojeado? Se llenaban de curiosidad por saber cómo era posible que lo que cada uno de ellos le aportaba al escritor, resultaba que una sola pantalla podía dárselo también. No lo entendían y tampoco lo permitirían, así que, esa noche, al apagarse las luces, Marx y su Capital se pronunció en contra de la invasión de la tecnología, bastante duro fue para la máquina de escribir ser suplantada por una computadora como para permitir ahora esto. Freud y Lacan lo apoyaron al igual que J.K. Rowling y los literatos mexicanos, colombianos y argentinos como José Agustín, Laura Esquivel, Enrique Serna, Juan Rulfo, Jorge Ibargüengoitia, García Márquez, entre otros. Todos unidos, pues tenían el mismo objetivo: continuar vivos al ser abiertos y leídos. Apoyando a Marx y teniendo el mismo deseo, los libros de cada piso del librero se organizaron para hacerse notar. No era tarea sencilla pues son sólo libros, pero de algún modo lo lograrían así que, aprovechando que había un mundo mágico entre ellos, se le encomendó a Harry Potter lanzar algún hechizo que los hiciera caer cuando el señor M. estuviese cerca de ellos, que cayeran cuando él estuviese cerca y comenzar a llamar su atención para que los tomara en sus manos y los devolviera a su lugar. Pensaban que este ataque constante de libros caídos, lo haría regresar a ellos.

Por la mañana, el escritor abrió su laptop, puso su taza de café a un lado y del otro lado, la Tablet. Se acomodó y se sentó a escribir. Así, sin más, cayó un libro del librero, el señor M. volteó bruscamente pues el ruido lo distrajo, se quedó viendo detenidamente unos segundos para entender cómo fue que se pudo caer, renunció a la curiosidad y regresó a lo suyo, continuó escribiendo. Poco rato después otro libro cayó pero no era cualquier libro, se trataba de uno de los más significativos en su vida, entonces se levantó y se dirigió hacia él y anonadado, se agachó para levantar los dos libros caídos. Los miró asustado y los colocó en el espacio que habían dejado, al dirigirse a su escritorio no quitaba la vista del librero hasta que se sentó y de nuevo, se conectó con lo que estaba escribiendo. De repente acudía a la Tablet como solía hacerlo con los libros y continuaba escribiendo totalmente concentrado en la pantalla y en la velocidad de sus dedos.

El Guardián Entre El Centeno, La Invención de la Soledad, Las Batallas en el Desierto, La Tragicomedia Mexicana, Como Agua Para Chocolate, Dos Crímenes y Cien Años de Soledad, entre muchas otras novelas, susurraban entre ellas buscando el modo de conseguir que surgiera algo más de sus entrañas, algo que el escritor pudiese ver u oler, fue entonces que a Como Agua Para Chocolate se le ocurrió hacer surgir desde el fondo de su historia, ese olor a cocina que se percibe al leer las recetas ahí escritas, se esforzó y se esforzó hasta que logró que, cual gas, le saliera por la solapa un rico olor a caldo de pollo y mole. El señor M. notó el aroma, por supuesto, pero como era de esperarse, pensó que provenía de la cocina de su vecina del departamento Tres. Como Agua Para Chocolate se esforzaba a un más y de repente, lo que  salió de él fue el aroma más fétido que nunca imaginó, se arrepintió pero no hubo marcha atrás, el escritor se levantó sacudiendo su mano cerca de la nariz para despejarla de semejante olor, después llegó justo frente al librero y giró la cabeza hacia sus libros notando que el aroma provenía de ahí, olfateaba cerca de ellos pero poco a poco se fue disipando tan desagradable aroma y desistió. Regresó a su silla consternado.

No era mucho lo que habían logrado, mas bien sólo parecían patadas de ahogado, pero quien persevera alcanza y ellos, no planeaban quedarse resignados, querían hacer recordar al escritor las delicias de abrir un libro y pasar una página tras otra, interrumpir la lectura por otras ocupaciones y no por falta de batería, que las hojas acogen la vista en cuanto se planta sobre de ellas y no la cansan con una luz brillante y fría. Querían hacerlo volver a sus raíces, a lo que lo motivó a ser escritor, usar su pluma fuente al escribir sus historias y después transcribirlas y perfeccionarlas en la máquina de escribir, la sensación emotiva de abrazar su obra terminada en papel ya lista para mandarla a imprimir. Se sentían preocupados y nostálgicos pues en el transcurso del tiempo se dieron cuenta cuando el señor M. cambió la máquina de escribir por la laptop, se dieron cuenta cuando el disco compacto cambió por MP3, USB y música por internet, también presenciaron cuando el teléfono celular comenzó a ser inteligente, es por eso que tenían la sospecha que algún día les llegaría su momento, mas no estaban dispuestos a renunciar sin hacer más intentos para evitarlo o al menos, prolongarlo.

A El Mundo de Sofía se le ocurrió que una especie de carta lo podría hacer darse cuenta de lo que no estaba viendo pero, ¿cómo? Entonces, La Tumba recordó que, entre sus hojas, había una carta que alguna vez una mujer le escribió al señor M., la mujer que lo inspiró a escribir por primera vez. Así, La Tumba cayó al piso abriéndose de hojas a la mitad, justo donde estaba la carta, entonces el escritor levantó el libro, tomó la carta y al leerla, una hermosa sonrisa brotó de sus labios y volvió a meter la carta en el libro, al cerrarlo lo abrazó hacia su pecho tratando de contener la lágrima que estaba a punto de brotar.

Los libros se dieron cuenta de que habían logrado provocar algo en el escritor, no sabían si sería suficiente para decir que la victoria era suya, pero algo se había logrado. El escritor, sentado en su silla ya sin las manos ni la vista en la laptop, pensaba mirando por la ventana muy lejano de la inspiración y la concentración, tomó la Tablet y se la llevó hacia otra habitación, de regreso se plantó frente a sus libros, los miró cuidadoso a cada uno, como sacando de la memoria el momento en que los leyó o los compró o le fueron obsequiados, se regresó a su escritorio, sacó su pluma fuente y escribió “por más que el mundo te supere, tu esencia te convierte en quien eres, no olvides tus inicios sin importar hacia donde partas”, palabras escritas por su amada que venían en esa carta que salió del interior de uno de sus libros favoritos, el cual tomó y llevó consigo hacia el escritorio. Fue en ese momento que los libros pudieron cantar victoria, pues el escritor había retomado sus antiguos hábitos de lector y escritor. Acomodó la pluma fuente junto a la laptop, sacó su libreta de apuntes que ya tenía guardada, movió la taza vacía de café y se levantó dirigiéndose hacia el sillón donde acostumbra disfrutar de una buena lectura y se acomodó plácidamente para disfrutar de ese afortunado libro con el más delicioso aroma de hojas viejas.

Por: María Antonieta Estévez López

Psicóloga y escritora. Entre sus publicaciones destaca su novela corta “La compañía de almas”
y la publicación de una muestra de su poesía en “La Antología de Poesía Española Contemporánea Vol. II”
ambas publicaciones bajo el sello editorial de Editorial Chiado. Actualmente se encuentra en proceso de un proyecto de microcuento. 

4 Comments

  • comment-avatar
    Lucía Mézquita P. 26 septiembre, 2017 (4:54 pm)

    Exquisito! Sin duda, una joya más de esta excelente autora y ser humano. Deseo y ansío, que pronto tengamos más de sus historias entre nuestras manos y nuestras pupilas se queden cautivadas. Que nuestra mente tenga el privilegio de volar una vez más en cada palabra.

    Una ovación de pie muy merecida!

    Felicidades!!

  • comment-avatar
    Marco Antonio melchor 27 septiembre, 2017 (9:11 am)

    Es satisfactorio ver plasmados pensamientos que no solo nos hacen reflexionar sino añorar recuerdos de lecturas que nos inspiraron y llenaron de ilusiones, tu forma de describirlo me hizo vibrar muy profundo. Gracias por por tu tinta de ideas en el papel.

  • comment-avatar
    Carlos Delpech 27 septiembre, 2017 (7:55 pm)

    Me encantó, sería muy interesante hacer una película como “Toy Story” pero de libros, una “Book Story” en la que los personajes de cada libro interactuen.
    Creo que en el caso de los libros la tecnología nunca le va a ganar ya que una tablet o computadora no tiene esa personalidad única que un libro sí tiene y te deja huella al interactuar con él. Una tableta puede contener muchos libros, no huele, no se sientes sus páginas y aunque tengan muchas funciones como subrayar, buscar definiciones y hasta hacer notas, nunca es igual a hacer anotaciones en el libro, sobre todo si es de no ficción.
    Recuerdo en mi época de estudiante que viví en varias casas, cada vez que me cambiaba de una a otra sólo me llevaba mi ropa, mis discos y mis libros.