La máscara o el viaje de vida

La máscara o el viaje de vida

Circe Hernández Sautto

¡Por qué no me llamas!, afirmó gritando la muchacha en el metro, frente a toda la gente que como ellos esperaba tomar el próximo metro.  Un segundo después el muchacho estaba muriendo de vergüenza.  Bajo esa apariencia de chico malo no había otro que un ser desnudo y avergonzado de su desnudez.  ¿Por qué tendría que hacerlo? Todos se preguntaban, todos en ese momento en el metro se hacían la misma pregunta.  Era evidente que se conocían, no se sabe desde cuánto tiempo atrás, venían juntos, caminaban uno al lado de otro, sin hablarse.  Él instintivamente con el dedo índice de la mano izquierda frente a su boca pidiéndole estar callada, mientras sonreía y sus ojos se abrían y se iluminaban.  Frente a eso ella se quedó muda junto con todos los que estaban esperando el metro porque en ese momento llegó el tan ansiado medio de transporte.

Ellos también entraron.  Estaban hombro a hombro porque además estaba muy lleno el vagón.  Pudimos haber esperado el otro tren, dijo ella.  ¿Estás loca? Respondió él enfatizando sus palabras.  Sería importante donde iban que no podían perder el tiempo esperando un vagón menos lleno.  Se comenzó a vaciar el tren.  Cada vez se podían hacer más anchos.  Quedaron los últimos en pie.  Había asientos desocupados.  Llegaron al final de la línea.  No bajaron.

Dentro el tren desocupado él la abrazó.  Ella sintió que sus fuerzas se desvanecían.  Era un abrazo profundo, salía desde el corazón. ¿Por qué tendría que llamarte? Se preguntaron ambos.  Era la primera vez que salían juntos y no había sido decisión propia, ni de uno ni de otro, se habían encontrado por azar como se habían conocido.  Uno no sabe las consecuencias de sus actos ni lo que ocurrirá en el futuro, próximo o lejano.

Ella había salido de su pueblo natal donde había crecido rodeada de árboles frutales, gallinas y borregos.  La hortaliza de su familia estaba en las afueras del pueblo.  No la tenían junto a la casa porque los animales son más preciados que las hortalizas, es el orden divino que se aprende desde pequeños en el catecismo.  Y todas las tardes iba a la hortaliza por la lechuga y las zanahorias para la ensalada.  Una vida por demás aburrida, amena para toda la familia.  Ella desde pequeña deseaba salir de ahí.  Más de una vez tomó sus cosas y se marchó de casa.  Al principio sólo llegaba al huerto de su familia y regresaba.  Después, como fueron pasando los años, cada vez llegaba más lejos.  Y así un día, saludó a su familia y se fue del pueblo para ir a la ciudad.  Ese monstruo gigante por donde circula el metro siempre con corazones palpitantes que le dan vida.  El metro, pensaba, es lo que falta a los pueblos para vivir.

La vida de él no era muy distinta a la de ella.  Simplemente se diferenciaba que él no tenía que ir al huerto por la ensalada o cuidar las gallinas y los borregos.  Él iba al campo con los borregos en las tardes cálidas del verano, pero parecería que los borregos lo acompañaban porque apenas se paraban, él buscaba un lugar donde recostarse y tomando un pedazo de hierba se lo metía en la boca y se ponía a ver el cielo.  Veía las nubes cuando había nubes y si no, podía pasar horas enteras viendo el azul del cielo.  Cuando debían irse eran los borregos que tomaban camino y él los seguía hasta que llegaban a casa.  Si hubiera sido por él no habría salido nunca de casa.  Era feliz en el campo.  En cierta forma ahora en la ciudad le hacía falta y lo único que deseaba era estar en los parques.  Eso le hacía falta a la ciudad para vivir, el campo.

Se conocieron al final de un invierno.  Llovía y estaban refugiados bajo el mismo techo.  Él estaba con una muchacha que casualmente ella había conocido por el amigo de una amiga, era realmente muy complicado. Y ahí estaban, él entre ellas de modo que no podía ver que estaba su conocida tan cerca.  ¡Uffa! – Se escuchó-.  Terrible que no traemos un paraguas.  Cómo se te ocurre salir en invierno sin paraguas.  Y luego eres tan tacaño que no quieres comprar uno. No es eso, dijo el muchacho, la culpa no es mía, es tuya porque es a ti que te sirve el paraguas.  Sabes perfectamente bien que yo puedo caminar bajo la lluvia.  Todo fuera como eso.  Eres tú que no te quieres mojar.  Compra el paraguas tú si crees que te sirve.  Ella se giró y logró ver que estaba la chica que había conocido algunos meses antes junto al muchacho.  Que era, más bien, su interlocutora.

¡Qué sorpresa! Me da tanto gusto verte. ¿Qué ha sido de tu vida? Yo como siempre preparando exámenes que después tengo que seguir preparando porque los repruebo pero eso es parte de la Universidad ¿y tú?  Lo mismo de siempre, respondió la chica.  Dejó de llover y se fueron los tres juntos pues daba la casualidad que iban al mismo concierto de música sacra.  Ellas hablaban y hablaban y hasta que llegaron y tomaron lugar en una de las tantas bancas desocupadas fueron presentados.  Mucho gusto, fue todo lo que dijeron.  Pero él había escuchado todo lo que decían y en un momento comenzó a platicar con ellas, a preguntar y a opinar. ¡Ah, pero estás también informado del tema! Dijo la chica.  No, pero no estoy sordo y he escuchado toda su conversación y me interesa.  Fue a partir de entonces que se vieron todos los miércoles para ir al concierto de música sacra sin falta.  Él iba a los conciertos porque en miércoles ninguno de sus amigos y amigas estaba desocupado y a él no le gustaba estar solo por las tardes, así que la única a quien podía acompañar era a esta amiga.

Esa imagen de chico malo la tenía como alter-ego de su verdadera imagen.  Era débil de corazón y eso le dolía mucho porque en el interior quería ser malo como aparentaba.  Nunca iba al cine acompañado, encontraba siempre una excusa para no ir cuando se organizaban en grupo pues cuando iba solo lloraba en las escenas tristes y al final de la película porque no le gustaba que terminara.  Ella le quitó la máscara.  Se desbarató en sus brazos.  Lo habían descubierto.  ¿Por qué tenía que llamarte? si descubriste que tengo el corazón débil.

Circe Hernández Sautto

Es doctora en Historia Literaria por la Universidad de Roma “La Sapienza”. Es profesora universitaria, investigadora, madre y mujer. Le gusta la escritura, las labores manuales, leer y escuchar música. Disfruta el tiempo que pasa con sus hijos, con sus libros, en su trabajo.

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