Hiena o el sueño que no tengo

En algún momento entraremos a la cafetería y después que me escuches tus ojos buscarán respuestas que nadie tiene.

Ya que me has preguntado porque te cité en este café con ese tono desesperado que nunca me habías escuchado, (yo pienso de inmediato: será porque hablamos poco, será porque nos mensajeamos mucho) te contesto que a veces no reconozco tu voz ni teniéndote enfrente, los caracteres y los íconos con los que nos comunicamos parece que reflejaran otro tú, otro que yo me he creado, sí, eres el amigo que siempre está ahí respondiendo al mínimo mensaje, a la estúpida broma de la tarde, a la lluvia inclemente de memes que esconden toda miseria para hacer más deliciosas la derrotas del día.

Nos miramos en silencio y sorbemos un poco de este café que ya me quemó la punta de la lengua, aun así hablaré. Me digo que tengo que sacar lo que traigo y contaminar a otro de esta enfermedad onírica. Al fin y al cabo para eso son los amigos, para arruinarles a veces la existencia con nuestros problemas, para hacerlos cargar nuestros pecados y tragárselos. Aunque no quieran, se los empujamos.

Te cuento que desde niña he tenido mucha vida cuando duermo, hablo en serio. Dormir para mí es salir de este cuerpo frágil que se corta con cualquier filo. Vivir intensamente ha sido solamente soñando.

La otra vida aquí sobre la tierra me frustra, me amputa, me emputa, no me veo sino moviéndome en manada a todos lados: en la cola para entrar al cine, esperando al taxi, afuera del consultorio médico, en la fila para cruzar a Estados Unidos, filas y filas; hace poco enterramos a mi padre y al llegar al panteón veía hileras organizadas de tumbas esperando su posible turno a la eternidad.

Sueño siempre. Antes me gustaba soñar.

No me mires así, tengo los ojos enrojecidos porque no he dormido durante muchas horas, a lo mejor en varios días. He perdido la cuenta y el sabor de la suave siesta me es desconocida, he perdido ese flotar que le llega a uno cuando está a punto de dejarse caer dulcemente en el pozo. No quiero volver a dormir.

Comenzó con el cansancio. Mi trabajo en la eterna oficina de los pasillos largos y descascarados era insufrible pero necesitaba el dinero, tenía para comer y pagar la renta, escaparme a recorrer el centro y tomar fotos, simular que compraría un libro, siempre cuestan lo que no tengo, la seguridad de un pequeño sueldo me dejaba respirar a veces, pero me prometí que algo cambiaría, deseé que me partiera un rayo solamente para tener un poco de emoción en mi vida.

Fue una noche cualquiera.

Recuerdo que abrí los ojos y enseguida me di cuenta que estaba dentro de un sueño, mi mente había arreglado el mejor de los escenarios en un lugar atestado de personas que iban y venían, comerciantes de una época lejana, El Cairo, esas estampas que se ven en el cine de corte histórico, gente con túnicas, ajetreo de vendedores de frutas y animales: ahí estaba yo maravillada por mis ojos y conciencia abiertos en el sueño.
No puedo explicar lo que me sucedió, ni porqué actué como lo hice; mi primer impulso fue destruir todo lo que me rodeaba ante los gritos de las mujeres, rompí vasijas, desaté los nudos que ataban a los corderos, vacié a mis pies tinajas con vino, reí a carcajadas sin importarme que la gente me mirara escandalizada, tiré de mis cabellos y de los que estaban cerca de mí para cerciorarme que en mi sueño era totalmente libre.

Y lo era.

Jugar con la irrealidad, brincar desde edificios sabiendo que la muerte no está permitida, tener un boleto siempre disponible para salir de la monotonía de un mundo predispuesto, organizado para cumplir expectativas de los demás. Me arrojé sin miedo a profundas cascadas, acaricié los dientes afilados de los tiburones, incluso les dejé que acariciaran mi cuello con su dentadura, me provocó placer hundirme en ríos furiosos, alcanzar cimas fue un entretenimiento liberador, rendirme antes las manos codiciosas de muchos hombres también me llenó el estómago de chispas. Estaba iluminada.

Así planeé cada noche, imaginando de antemano lo que me gustaría hacer, añadiendo detalles a los escenarios, inevitablemente todas mis construcciones tenían cantidades sobradas de erotismo, de sexo. Mis alas se habían abierto y no iba a dejar de volar bajo el pantano hasta hastiarme, enlodarme el cuerpo sin sufrir las consecuencias.

Mis manos no se cansaban de estrujar, mis brazos retenían a hombres y mujeres que dóciles eran sometidos a meterse entre mis piernas. El tiempo es viscoso cuando lates, cuando la saliva se comparte y quieres más, bebes de las bocas y chupas, arremetes tocando y presionando. Causas dolor, palpas límites hasta que sea imposible no llorar de placer, sangrar.

Durante el día miraba constantemente el celular para corroborar que faltaban menos horas para llegar a casa y tirarme en la cama a dormir, comía poco, lo necesario para aguantar muchas horas en la cama y que el hambre no me traicionara.

Cuando sueño mi sombra es fugaz y rápida, no quiero ser observada, quiero encontrar bocas y tocar a otros con los que se han de encontrar mis manos, quiero sus cuerpos porque sé que se rendirán, no opondrán resistencia porque ya los tengo entre mis brazos y labios, me abro para ellos. Los rasgo.

No sé qué me empuja, después del orgasmo viene esa actitud cínica: aquí no ha pasado nada. Regreso a la vida simple de todas las mañanas, pero de noche me abro insatisfecha, hiena hambrienta de carne triturada entre los dientes. Nunca es suficiente una noche, salgo de mis sueños para convertirme en la pesadilla de alguien más.

Mi lengua se entrecruza con otra que responde al mismo ritmo, amo demasiado por algunos segundos presintiendo que muerte y fundirse con otro es lo mismo, me ato entre piernas, acaricio y penetro con todas mis armas, pero nunca hago contacto visual; sería la última entrega que me cerraría la puerta a regresar del sueño, perdería la llave a ese otro mundo en el que soy alguien más vivo, escapar de este mundo sobrio que repulsa a los que necesitan salirse de su piel para no arrancársela.

Así pasaron muchos meses, en los que la miel y los espasmos en mi estómago aumentaron su intensidad según me fuera creando de noche esas largas aventuras en las que yo disponía de los otros y mi placer, sí, mi placer era el centro de ese universo onírico. Esa faceta que te aseguro muchos experimentan y que nunca confiesan, pero yo lo hago porque no lo soporto ya.

Continúo, no me interrumpas, no preguntes porqué te cuento esto.

No me di cuenta en qué momento mis escenarios se volvieron más grises, luego más oscuros, abría los ojos en callejones en los que una sed sexual me poseía y todo era caminar, correr a buscar uno, dos cuerpos; uno tras otro sin importar apariencia, edad.

El deseo era lo que me empujaba a buscar presas en mis sueños, tenía todo entre mis manos, el poder de tomar a quien yo quisiera, como una mancha de ira revuelta sobre sí misma.

Todo pudo haber continuado de la misma manera, mi vida por fin estaba completa, satisfecha quiero decir.
Nuevos cuerpos donde saciarme cada noche. Ya no me importó el lugar, los tomaba en público, en cines, en los parques y entre las avenidas atestadas, en los restaurantes, sobre los sillones de las estilistas, en los estadios de fútbol, en las panaderías y las oficinas de gobierno. Era darme placer en cualquier momento.

El tránsito a desear más fue inevitable, llevarme algo de cada amante se me volvió en el sueño una necesidad. Los besos era poco.

Comencé a llevar navajas, pistolas, sogas, cualquier objeto que me ayudara a terminar con cada uno después que me hubieran satisfecho. Nadie podría gozar de ellos como yo lo había hecho. Al fin que esos cuerpos sin identidad son desechables, ahí podía bebérmelos hasta la última gota y cortar con mi filo amoroso sus oníricas vidas, era el máximo placer. ¿Qué más que disponer del último suspiro del otro?

No te vayas. Déjame terminar. No me veas de esa manera, no tengo en quien depositar esta pesadilla, se ha vuelto real.

No sé qué pasó, qué reglas rotas me sepultaron en avalancha, después de la tercera muerte me enteré de que los cuerpos se materializaban y aparecían tirados en los baldíos de la colonia, en callejones malolientes, en estacionamientos.

Los reconocía de inmediato, habían sido míos, sus cuerpos suaves los había tocado a profundidad y ahora aparecían sin vida por la ciudad.

No sé si me creas, estás confundido, por eso te has ido con un gesto de repulsión al escucharme. Entiendo. Luzco cansada con tantas horas sin dormir. Hace días que me entretengo hablándome a todas horas sin permitirme el sueño pero ya no soporto.

Ofrezco esta noche el sueño final a otra que he gozado ser.

Conozco de antemano las consecuencias, ya los oigo venir por mí. Sus piernas y labios aun destilan mi amor, toda la pasión que les he entregado contra su voluntad. Soy culpable de haber amado tanto.

Por: Iliana Hernández Partida.
(Tepic, Nayarit)

 Estudió la Licenciatura en Traducción en la Universidad Autónoma de Baja California, actualmente estudia la
Maestría en Cultura Escrita. Imparte talleres de literatura y dibujo para mujeres y niños. Ha publicado el
poemario Apuntes para La Malquerida de Gabriel Figueroa (2012), cuento y poesía en las siguientes antologías:
Poemas, cuentitos y cuentotes (Ojo de pez, 2014), Viaje a la oscuridad (Lengua de diablo, 2015), Outrage: A
Protest Anthology for Injustice in a Post 9/11 World (Editor Rossy Evelin Lima, 2015), La ciudad, encuentros y
desencuentros (Nódulo Ediciones, 2016) y traducción en el Anuario de poesía de San Diego (Garden Oak Press, 2017).

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